A mi padre

Recuerdos y más recuerdos vienen a mi memoria, como cuando todavía no sabía ni leer ni escribir y jugábamos a hacer frases bonitas, cuando me enseñabas poesías, cuando ya de más mayor, las recitábamos a dúo, cuando declamábamos pequeños fragmentos de conocidas obras de teatro…

Recuerdo paseos por la Gran Vía, Alcalá, el Paseo del Prado y de Recoletos, simplemente disfrutando del propio paseo y a veces jugando a palabras encadenadas; salir a tomar el aperitivo los fines de semana, tardes en casa jugando al parchís, dominó y cartas junto a mamá, escuchar a Edith Piaf, fados a Amalia Rodrigues, tangos y milongas  a Gardel y Agustín Irusta, copla a Concha Piquer

Recuerdo cómo disfrutábamos al escuchar a mamá tocar al piano todo tipo de música, principalmente clásica, cómo le pedías que tocase la Marcha Turca de Mozart, el Claro de luna de Beethoven, la transcripción para piano de la Tocata y Fuga de Bach, la Danza Española  nº 5 de Granados, la Danza Macabra o “de los esqueletos” de Saint Saens, el Estudio Revolucionario de Chopin, o cualquiera de sus Nocturnos, entre otras muchas obras de los grandes compositores. También disfrutabas mucho cuando yo cantaba y mamá me acompañaba al piano o cuando, sin llegar nunca a la altura de la maestra, tocaba yo y contemplabas mis progresos…

Recuerdo que le pusiste letra a la Danza nº 5 de Granados y la convertiste en una nana para mí…

Recuerdo la ilusión que me hizo, siendo muy pequeña, acompañarte en alguna ocasión al trabajo, cómo, pasados los años,  y siendo época de exámenes me gustaba dictarte las notas para que las pasases a tu cuaderno.

Recuerdo cuando me llevaste al Museo del Prado, al Museo de Ciencias Naturales, al Museo Arqueológico Nacional, al Museo del Ejército

Recuerdo escucharte contar divertidas anécdotas, también historias familiares, en muchos casos de parientes muy directos que, sin embargo, no llegué a conocer porque habían fallecido durante tu juventud, pero que me los hacías cercanos y les tenía cariño pese a no haberles conocido. Recuerdo cómo me decías que me parecía mucho a mi abuela, a la que no conocí, y mirar el retrato que tenías de ella intentando ver yo también aquel parecido.

Recuerdo los baños en el mar en vacaciones y que en los días con algas te ponía una sobre tu cabeza, cual peluca. Se trataba casi de una tradición. Lo hice hasta bastante mayor. Recuerdo también caminar por el paseo marítimo, mirando el mar, sintiendo la brisa en nuestros rostros, y rememorar, en muchas ocasiones, el verso de Manuel Machado en su poema Ocaso: “el mar, el mar y no pensar en nada”. Cómo te identificabas con aquel verso… y qué acertado me parecía a mí… El mar, o la mar, como te gustaba decir, siempre me ha resultado inspirador. Ver cómo rompen las olas, escuchar su “arrullo” me proporciona, además, una inmensa paz. Y por la noche, contemplar el reflejo del haz del faro sobre sus aguas o el de la propia luna… pocos paisajes me resultan tan bellos… Cuando hay luna llena y me encuentro frente al mar, siempre me viene a la memoria el verso de la Canción del Pirata de Espronceda, que tanto nos gustaba recitar: “la luna en el mar riela”…

Recuerdo cómo disfrutábamos con el buen cine, con la interpretación de los grandes actores: Greta Garbo, Katharine Hepburn, Spencer Tracy, Cary Grant, Gary Cooper, Gregory Peck, James Stewart, Maureen O’Hara, Audrey Hepburn, Julia e Irene Gutiérrez Caba, Julia Caba Alba, José y María Isbert, Amparo Rivelles, Fernando Fernán Gómez  y tantos otros también excelentes… Cómo disfrutábamos de un buen diálogo y de una buena dirección. También con el teatro televisado, viendo obras de Mihura o de nuestro Jardiel… Me acuerdo, incluso, de un ciclo de cine mudo que ponían en la tele los sábados por la mañana: Charlot, Buster Keaton

Cómo gozábamos con la buena literatura de todos los tiempos, tanto nacional como extranjera, de una buena historia, ya se tratase de comedia o de tragedia, de las descripciones de personajes, ambientes y paisajes, del reflejo de costumbres, del mensaje que nos quería transmitir el autor… Me aficionaste también a leer teatro, imaginando los escenarios y a los propios personajes. ¡No sé qué me gusta más, si ver una buena obra de teatro o leerla!

Recuerdo deleitarme mirando las estanterías llenas de libros, no por la posesión del objeto material, aunque, dicho sea de paso, pocas decoraciones me parecen tan bellas, sino por el mundo de posibilidades que se abría delante de mí, por las mil historias por leer y por hacer mías, porque cuando uno lee, aprehende y hace suyo, de alguna forma, lo escrito por el autor. Reconozco también que me gusta tener los libros entre mis manos, y cuando son antiguos, me encanta el olor a viejo que desprenden sus páginas. Me resulta tan evocador… Me imaginaba siendo la protagonista de las historias que leía, también representando a sus personajes cual intérprete de reconocida fama, escribiendo historias maravillosas como el mejor de los escritores

Recuerdo cómo me explicabas la importancia de la Historia que, además, ésta no era una simple correlación de hechos históricos y fechas, sino que esos hechos sucedían dentro de una concreta situación política, social, filosófica y cultural, de cómo influían las distintas corrientes de pensamiento, etc.

Recuerdo también cómo me hablabas del pensamiento de los grandes filósofos, y cómo disfrutaba con tus explicaciones…

Recuerdo cómo me explicabas las principales teorías políticas y sus características y lo interesante que me resultaba…

Recuerdo cómo me hablabas de la finalidad del Derecho, que es la Justicia, de la diferencia entre la Justicia y la administración de ésta, del Derecho Natural, del Derecho Romano y la definición de Justicia de Ulpiano

Recuerdo cómo me decías que algún día teníamos que escribir un libro juntos, a modo de diálogos entre padre e hija. No llegaste a concretarme mucho la temática, pero parecías tener un esbozo en tu cabeza. Nunca lo hicimos… no hubo tiempo… Aunque me parecía una tarea complicadísima y pensaba que yo no sabría cómo hacerlo, me hubiese gustado intentarlo… intentarlo contigo…

Recuerdo cómo disfrutabas de una buena tertulia con los amigos, cómo valorabas la verdad, la lealtad y la amistad

Recuerdo cómo tenías la costumbre de hablar a niños muy pequeños con palabras sencillas pero con la misma seriedad con la que hablarías con un adulto, y lo bien que te respondían ellos. A veces trato de imaginar cómo serían tus conversaciones con tus nietos

Recuerdos y más recuerdos de vivencias, de experiencias, de enseñanzas, de sentimientos, de emociones, de anécdotas

Recuerdos de una vida compartida que quedarán indelebles en mi mente y en mi corazón

Mi carta a los Reyes Magos

Sin tiempo para nada, me pesa no  haberos podido felicitar las Navidades, que espero que hayan llenado vuestros corazones de amor, paz y mucha felicidad.  Me consuela, en cambio, que estando en enero, todavía llego a tiempo  para desearos lo mejor para el 2016.

Os dejo la carta que envié a sus Majestades en lo relativo a mi familia:

Queridos Reyes Magos:

Una vez más os escribo, y la verdad es que tengo una larga lista de peticiones para mi marido, para mis hijos y para :

  1. Que mi marido y yo seamos siempre un buen ejemplo para nuestros hijos, ya que somos el espejo en el que se miran y de nosotros depende que lo que vean sea algo bueno o malo.
  2. Que seamos capaces de transmitirles nuestras creencias, adaptadas a su edad, para que desde pequeños conozcan lo que para nosotros es la Fe verdadera y establezcan desde su más tierna infancia una relación con Jesucristo, que les permita vivir su vida según Sus enseñanzas.
  3. Que logremos transmitirles la importancia de ser útiles a la comunidad, de ser un buen ejemplo para los que les rodean; que tengan un buen hacer en lo colectivo que ayude a la mejora de la sociedad y la comunidad política, y que se enorgullezcan de ser españoles.
  4. Que les demos siempre mucho amor, para que se sientan queridos en todo momento y aprendan a dar también amor a sus semejantes.
  5. Salud para que puedan seguir creciendo, jugando, aprendiendo… en definitiva, viviendo, y salud también para nosotros para poder continuar viéndoles crecer, para no perdernos ni uno solo de sus progresos, de sus fracasos, de sus ilusiones y de sus preocupaciones, ni una sola de sus risas,  ni de sus llantos…
  6. Sabiduría, para darles una buena educación y saber llegar a cada uno de ellos respetando su personalidad y forma de ser, que seamos capaces de poner límites, pero dejándoles cierta autonomía, que tengamos un buen control sobre su educación pero sin ahogarles, dejándoles un margen de actuación que les permita ir madurando como personas libres y hacerse responsables de sus actos. Que como padres seamos capaces de tomar las decisiones oportunas y sepamos elegir las opciones más adecuadas a cada situación concreta de nuestros hijos. Que logremos educarles para que siempre busquen la verdad y sean unas buenas personas, porque además, realizando lo bueno, conseguirán ser felices.
  7. Seguridad, para que nada ni nadie les haga daño ni malogre su inocencia.
  8. Que lo que es lo justo quede arraigado en su forma de ser y que no admitan la injusticia.
  9. Saberles enseñar que lo importante en esta vida – pese a la sociedad consumista en la que vivimos – no es el tener, sino el ser.
  10. Respeto, para que, respetándoles a ellos y a los demás, aprendan que las acciones que lleven a cabo en el ejercicio de su libertad no deben dañar al prójimo
  11. Responsabilidad, porque es importante que aprendan desde pequeños que no se puede ejercer de verdad la libertad sin responsabilidad.
  12. Esfuerzo, porque deben darse cuenta que siempre hay que poner todos los medios a nuestro alcance para hacer las cosas lo mejor posible.
  13. Empatía, para que siempre sean capaces de ponerse en el lugar del otro y no le hagan a nadie lo que no les gustaría que les hiciesen a ellos.
  14. Trabajo, para que, aunque lo importante no esté en lo material, siempre les podamos proporcionar lo necesario,  así como un entorno confortable con las oportunidades necesarias para salir adelante de una manera digna.
  15. Mucha energía, para que el cansancio no nos impida disfrutar de su compañía, de sus juegos, de sus saltos, de sus carreras, de su incesante e inagotable actividad.
  16. Paciencia y comprensión, para cuando están cansados, cuando se sienten frustrados, cuando quieren lo uno y lo contrario, cuando tienen rabietas.
  17. Una gran creatividad, para que podamos seguir inventando historias y canciones sobre la marcha, para que nos congratulemos también con su creatividad, que hace que los papelitos puedan ser confeti o comiditas y que el recogedor de un babero pueda ser un barco…
  18. Tiempo, para que las obligaciones diarias no nos impidan estar con ellos en los buenos momentos, en los malos, para no ser unos padres ausentes, para estar cerca y que puedan acudir a nosotros en cualquier momento, para poder educarles plenamente. Tiempo simplemente para estar con ellos, sin necesidad de hacer nada, gozando de la mutua compañía en familia.
Sé que se trata de muchos y preciados regalos, pero son los que nos harán llevar una vida libre, plena y feliz. También sé que no son regalos de los que se desenvuelven el 6 de enero, sino que a lo largo de toda la vida tendremos que comprobar si los hemos adquirido o no, y en qué grado. También sé, queridos Reyes Magos, que son regalos que necesitan muy especialmente que mi marido, mis hijos y yo pongamos de nuestra parte cada día todo lo que sea necesario para lograrlos. Solo os pido que nos ayudéis, concediéndonos la mejor de las predisposiciones para conseguirlos.
Muchas gracias por todo
Hasta el próximo año
Un afectuoso saludo
Ana

Halloween como pretexto para molestar

Hace ya un mes que tengo escrita esta entrada y, sin embargo, no la había publicado. Ha perdido la actualidad de la celebración que la motivó, pero no lo que quería poner de manifiesto con ella: el “todo vale” con tal de divertirme, la falta de respeto hacia el prójimo. El motivo de haberla dejado “en barbecho”, además de haber tenido unas semanas especialmente complicadas y con menos tiempo libre de lo habitual, ha sido el darme ocasión para repensar si lo que en ella planteaba resultaba exagerado, si de un granito de arena estaba haciendo una montaña… Creo que no, aunque el lector juzgará mejor que yo… Ahí va:

Otros años, en la comunidad de propietarios en la que vivo, los interesados en visitar las casas para el ya famoso “truco o trato” ponían en cada portal, en concreto en cada ascensor – ya que hay vecinos que suben directamente desde el garaje en el sótano y no pasan por el portal – una hoja para que aquellos que querían ser visitados se apuntasen y así no molestar innecesariamente al resto de vecinos. Aún así, siempre había algún timbrazo de algún despistado, pero bueno, se trata de niños, y se cuenta con ello. El año pasado observé que, al menos en mi portal, no se apuntó casi nadie. Pues bien, resulta que este año no han dado la posibilidad de apuntarse y han llamado indiscriminadamente a todas las casas, en concreto a la mía, unas 5 ó 6 veces en una tarde.

Sé que con esta entrada me estoy ganando, quizá, la antipatía de muchos lectores, puesto que hoy en día en España, y pese a ser una fiesta importada, Halloween cuenta ya con muchos seguidores. Y entiendo, además, que desde el punto de vista infantil, puede tener muchos alicientes: disfrazarse – que eso siempre suele gustar -, ir de casa en casa con amigos sin los padres – lo que les hace sentirse mayores y autónomos, y recibir caramelos y chucherías varias – una recompensa muy satisfactoria para los más golosos -.

Este año mi hija, que ha cumplido los 6 años, me pidió permiso para ir de casa en casa y no se lo di. Además de que me parece muy pequeña, el motivo principal es que se trata de una fiesta que no comparto, que no la siento mía…, de hecho, me parece contraria a mis creencias católicas y creo que es la antítesis a la celebración de la festividad de Todos los Santos. En esta entrada me voy a centrar en los comportamientos de los niños que observé en esta celebración y la falta de responsabilidad de algunos padres a la hora de explicarles qué comportamientos son adecuados y cuáles no. No entro en cuestiones como el cambio de tradiciones o el sentido de la fiesta de Halloween  ya que, pese a ser cuestiones más importantes aún, si cabe, habrá otras voces, con más autoridad que la mía, que sepan alertar sobre los peligros de esta fiesta. Mi hija quedó desilusionada, y lo siento, pero no siempre se puede dar gusto. Respeto, por supuesto, a quien deje a sus hijos visitar las casas. Eso sí, lo que no me parece bien, es que los padres no expliquen a sus hijos lo que deben o no deben hacer en esas circunstancias.

Confieso abiertamente que me ha molestado lo que ha pasado en mi comunidad, no ya únicamente por la tarde de “timbrazos” que tuvimos que soportar sino, más bien, porque la lectura que he hecho de lo sucedido ha sido la siguiente: como el año pasado no debió apuntarse “ni el Tato”, y la fiesta no debió de ser todo lo divertida que esperaban, este año no han dado opción, es decir, que “no quieres caldo – léase fiesta -, pues toma dos tazas”. La verdad, no me parece bien. Considero que se trata de una imposición totalmente innecesaria y una falta de respeto total. Da igual que en una vivienda pueda haber un enfermo, un niño pequeño que no quieres que pase miedo con los terroríficos disfraces y maquillajes o, simplemente, que desees estar tranquilamente en tu casa sin que estén llamando a tu puerta a cada momento. Lo importante es que los niños no se pierdan su fiesta, con independencia de que obliguen al prójimo a participar en ella quiera o no quiera o, lo que es lo mismo, prima la libertad sin límites del niño frente a la del vecino que ve cercenada la suya en el seno de su propio hogar. Cuando yo era pequeña nos inculcaban el respeto a los demás, nos hacían comprender que no éramos nosotros solos, que se vive en comunidad y que las acciones que lleves a cabo en el ejercicio de tu libertad no deben perjudicar al resto. ¿Qué mensaje se está dando a los niños? Primero yo, después yo, y luego yo. ¿Tú?, ah, tú apáñatelas como puedas, que ese ya es tu problema…

Habrá quien piense que mis comentarios  sobre lo que considero una falta de respeto, pueden venir motivados por mi antipatía, reconocida en esta misma entrada, hacia esta fiesta. Pero nada más lejos de la verdad. Me tengo por persona objetiva y, aunque es verdad, que por nuestra condición de personas, uno, por muy objetivo que sea, no puede desprenderse de un mínimo de subjetividad, he de decir que no me mueve en estos comentarios ni un ápice de animadversión, sino que esta fiesta ha puesto de manifiesto comportamientos totalmente inapropiados por lo irrespetuosos que, por supuesto, se perciben también en otro tipo de situaciones.

La persona no es un “compartimento estanco”, es un todo, y por eso mismo me preocupa lo que subyace a este comportamiento, ya que no se trata de si la fiesta de Halloween puede resultar molesta a determinadas personas, sino, más bien, que determinadas actitudes que se han dado en la celebración de dicha fiesta (por supuesto habrá quien la haya celebrado sin molestar a nadie) ponen de manifiesto una falta total de respeto que, a buen seguro aflora o aflorará en otro tipo de situaciones y vivencias. Así que, y en lo que a convivencia y respeto se refiere, lo de Halloween para mí pasa a un segundo término, ya que el desencadenante, en este caso, es lo de menos; lo importante es el tipo de actitud egoísta que ha puesto de manifiesto.

Falsa sensación de seguridad

Cuando era pequeña vivía en pleno centro de Madrid,  y acudía a un colegio en las afueras al que me trasladaba en uno de los autobuses del colegio – los llamábamos “rutas” – . Al principio mis padres me acompañaban a la parada del autobús en el que también se subían otros niños que vivían por la zona y no se iban hasta que yo ya había subido al autobús. Pero me fui haciendo mayor y cuando iba a 6º ó 7º de EGB, no recuerdo con exactitud, mis padres me dejaban ir sola a la parada del autobús, que estaba cerca de casa. Yo era una niña muy responsable, y aunque tenía que cruzar varias calles, mis padres confiaban en mí.

Una mañana, cuando me dirigía a la parada del autobús, se me acercó un señor joven, elegante, bien parecido, vestido con un traje impecable y, muy educadamente y con una amplia sonrisa, me ofreció invitarme a tomar un chocolate. Le dije “no, gracias” y continué mi camino. Tuve claro que no debía aceptar su invitación, en primer lugar, porque era un extraño y sabía que no debía tratar con él, en segundo lugar, porque si aceptaba su invitación podía darse la posibilidad de que perdiera el autobús del colegio, y en tercer lugar, acababa de desayunar. Pero también recuerdo habérseme pasado por la cabeza que si hubiese dicho que sí, no hubiese pasado nada, que como ya era mayor, podía decidir por mí misma en este tipo de situaciones. Luego hubiese continuado mi camino y ya está ¿Ya está? ¿Nada? ¡Qué inocencia! Es una edad en que empiezas a sentirte mayor y tienes una falsa sensación de controlar las situaciones, cuando en realidad eres un “corderito” en un mundo donde, lamentablemente, abundan los “lobos”.

Entonces no le concedí importancia al asunto y ni si quiera se lo comenté a mis padres que, a buen seguro, se hubiesen preocupado mucho y muy probablemente se hubiesen replanteado el acompañarme de nuevo a la parada del autobús. Aquello quedó grabado en mi memoria, pero era un recuerdo enterrado hasta que he sido adulta y le he dado la importancia que creo que tiene. Volví a tenerlo presente con ocasión de escuchar la triste noticia de la desaparición de un niño.

Se me ponen los pelos de punta solo de pensar qué habría podido pasar. Estoy convencida que nada bueno. Quizá el lector pueda pensar que soy muy tremendista, pero me pregunto: ¿ qué puede pretender un adulto de una niña preadolescente a la que no conoce y a la que aborda en plena calle para invitarla a un chocolate? y, la verdad, mentiría si digo que se me ocurre alguna respuesta edificante. Imagino que de haber aceptado esa invitación hubiese sido muy fácil ponerme algún tipo de droga en el chocolate y sacarme del local sin ningún tipo de resistencia por mi parte. Pienso en cómo podía haber cambiado mi vida y la de mis padres. Gracias a Dios, tuve la suficiente “cabeza” para elegir la opción correcta y no tener que comprobar si mi decisión me traía o no consecuencias nefastas. Menos mal que no tuve que comprobarlo. Tuve suerte. Por desgracia, otros no la han tenido.

Habrá quien se pregunte por qué saco ahora este tema de algo que podía haber pasado pero que no pasó y que de haber aceptado la invitación tampoco puedo tener la certeza de que necesariamente me hubiese tenido que pasar algo malo. Ciertamente, no la tengo y existe la posibilidad, aunque remota, de que aquel extraño únicamente quisiese intercambiar palabras inocentes con una niña que, casualmente, se encontró por la calle. Posible, es posible, aunque poco probable. No saco este tema por un insano afán de protagonismo, desde luego, ni tampoco porque me guste pensar en cosas malas, sino que lo hago porque me “aterra” pensar cómo una decisión que a determinadas edades te puede parecer nimia y sin transcendencia, puede cambiar por completo la vida de un niño y de su familia en un instante.

Recuerdo que por aquella época, los fines de semana en muchas ocasiones iba sola a comprar el pan y pasaba por calles muy céntricas y muy transitadas del corazón de Madrid. Y ahora, como madre, me pregunto, qué haremos mi marido y yo cuando nuestros hijos crezcan y tengan edad de ir solos al cole (lo tenemos muy cerca de casa) o de hacer algún pequeño recado. Ahora todavía no tienen edad, pero el tiempo pasa rápido. Y la verdad, no lo tengo nada claro. Es verdad que vivimos en una zona residencial tranquila, pero eso tampoco garantiza nada.

Y soy consciente que es bueno para los niños ganar en autonomía, y que adopten pequeñas responsabilidades, y que no puedo pretender llevarles a todos sitios de la manita hasta que sean adultos. No les puedes tener en una burbuja para que no se hagan daño. Pero, ¿cómo darles autonomía y protegerles lo máximo posible al mismo tiempo? ¿Cómo evitar situaciones como la que yo viví?

No cabe duda que aquí la educación, como siempre, resulta fundamental. Les tenemos que educar para que no acepten nunca nada de desconocidos, pero aquí entra mi preocupación: cómo le haces ver que por muy mayor que se sienta, en estas cuestiones no debe tomar ninguna decisión que no se corresponda al 100% con lo que le has dicho que tenía que hacer.  Cómo le haces ver que por inocente y controlada que le pueda parecer la situación, no debe dejarse influir y debe seguir su camino. Eso es lo que me da miedo. Me inquieta el pensamiento que tuve en aquel entonces referido a que si hubiese aceptado la invitación tampoco hubiera pasado nada…

Dos hijos y dos experiencias de lactancia materna distintas

He comprendido el verdadero funcionamiento de la lactancia materna a raíz de haber amamantado a mi segundo hijo. De las dos experiencias que he tenido, la primera fue muy mala y la segunda llevaba el mismo camino hasta que me enteré que había asesoras en lactancia materna y acudí a una de ellas.

A mi hija mayor le empecé a dar el pecho en el hospital, pero era una niña muy grande y le dio una bajada de azúcar. En vez de darle un biberón de agua glucosada para subir los niveles de azúcar en sangre, le dieron un biberón de leche artificial y salió del hospital con lactancia mixta. En mi estancia en el hospital, por la forma de mis pezones, tuve algún problema para que se enganchase bien y una enfermera me trajo unas pezoneras. Salí del hospital con ellas y mi hija estuvo mamando durante un mes. En cada toma, primero le daba el pecho y después un biberón. Como mi intención durante mi baja maternal era la lactancia materna exclusiva, logré ir retirándole poco a poco el biberón y dejarle únicamente con el pecho, pero tras lograr mi objetivo pude comprobar que solo con el pecho se quedaba con hambre– probablemente porque mi producción de leche ya era escasa – , así que, de nuevo, y a mi pesar, introduje el biberón.

Otra vez en cada toma primero pecho, luego biberón, hasta que me rechazó el pecho y no quería mamar, que fue al principio del segundo mes. Unas veces tomaba el pecho, otras le daba leche materna en un biberón, y luego siempre su toma de leche artificial. Con el sacaleches obtenía muy poca leche y me llevaba mucho tiempo obtener tan poca cantidad. Era frustrante y me consumía un tiempo del que, lamentablemente, no disponía. Al principio le insistí y le obligué, en cierta manera, a que siguiese mamando. ¡Era tal mi interés porque obtuviese los beneficios de la leche materna! Pero pronto me di cuenta que el que siguiese mamando no podía depender de una “lucha” a ver quien podía más, si ella resistiéndose a mamar o yo insistiéndole para que mamara cuando ella ya había decidido que no deseaba continuar. Antes de finalizar su segundo mes de vida ya habíamos abandonado por completo la lactancia materna. Me dio mucha pena, pero me parecía poco respetuoso con ella e, incluso, contraproducente obligarla a mamar en contra de su voluntad. Lo pasé mal. Lloré amargamente, pero tuve que adaptarme a la nueva situación. ¡Qué remedio!

Recuerdo haberle contado a su primer pediatra que la niña me rechazaba el pecho, y él se limitó a afirmar: “A veces pasa…” ¿A veces pasa? Pero pasará por algo, digo yo, habrá que buscar la causa para ver si se le puede poner solución. Lo natural en el bebé lactante es que quiera mamar, rechazar el pecho no parece muy normal, será que hay algo que no funciona como debiera… En fin, ahora me parece tan obvio, entonces solo lo intuía. Ante su contestación le pregunté el motivo de tal comportamiento y él me contestó que no se sabía. Si tu pediatra de confianza te dice eso y eres madre primeriza tienes muchas posibilidades de quedarte ahí y mi hija, lamentablemente, pagó la novatada. Por aquel entonces yo ni había oído hablar de las asesoras de lactancia ni de los grupos de apoyo. Con el tiempo me he dado cuenta que existe una gran desinformación sobre la lactancia materna, incluso entre los profesionales médicos y si, en general, fue un buen pediatra, en particular, en esta cuestión, no estuvo a la altura de las circunstancias, ya que si él no contaba con la suficiente formación y experiencia sobre la lactancia materna, debería haberme derivado o, al menos, hablado de las asesoras de lactancia materna. Una pena…

Tres años y diez meses después estaba de nuevo en la situación de amamantar. Di a luz en el mismo hospital. De nuevo tuve algún problema con el agarre, pero la mayoría de las enfermeras que me atendieron en el postparto me ayudaron mucho a que el niño se prendiese. Hubo otra, en cambio, que ante la primera dificultad, me ofreció de nuevo las famosas pezoneras. Mientras duró su turno las utilicé, porque sola, sin su ayuda, mi hijo no agarraba bien el pezón, pero cuando finalizó su turno las guardé y no las volví a utilizar hasta al cabo de bastantes días. La que entonces era la pediatra de mis hijos tuvo interés en ver cómo se agarraba al pecho mi hijo pequeño, cosa que le agradecí profundamente. Al verme tan agrietados los pezones, sobre todo uno de ellos, me dijo que por qué no me ponía pezonera, al menos en el que tenía peor, mientras le daba tiempo a curarse. Me dijo textualmente “me duele verte los pezones”. La verdad que había llegado a un punto en el que para mí, debido a las grietas, era un verdadero sufrimiento darle de mamar a mi hijo. Así que le hice caso. Sentí un gran alivio con el uso de las pezoneras y le di tiempo a mis malogrados pezones a recuperarse un poco.

Ya se sabe cuando se da de mamar a demanda a un recién nacido que éste tiene necesidad de amamantarse en períodos muy cortos de tiempo. De repente observé que el período de tiempo entre una toma y otra era prácticamente inexistente, tanto de día como de noche. Los loquios que tenía, al tener tal succión en las mamas, eran tremendos. En su momento no me percaté que ese incremento en la demanda había coincidido con la introducción de las pezoneras (como no sacaba lo suficiente insistía y al momento volvía a pedir). La pena fue que cuando estuve en la consulta con la pediatra de mis hijos no llevaba encima las pezoneras porque seguro que ella habría observado que eran excesivamente pequeñas.

Fueron pasando los días, y quería asegurarme que utilizaba la postura correcta  y que todo estaba bien en lo relativo a la lactancia, así que acudí a una consulta de una pediatra especialista en lactancia materna. Cuando llegamos, le pesaron y tallaron y, para sorpresa de mi marido y mía – pues hasta la revisión anterior con su pediatra había ido ganando peso a buen ritmo -,  nuestro hijo pequeño había crecido de talla pero, sin embargo, había perdido peso. Y el caso es que habíamos estado en consulta hacía solo unos días. Le dije a la asesora que el niño se pasaba el día y la noche al pecho, no entendía cómo alimentándose tan a menudo había podido perder peso, y me dijo que le pusiese a mamar. Tras unos segundos de observación me dijo que el problema no lo teníamos ni mi hijo ni yo, que el problema eran las pezoneras, que eran excesivamente pequeñas. Resulta que eran tres tallas más pequeñas de lo que yo necesitaba. Así es que mi hijo sacaba poca leche porque la presión que ejercía la pezonera  sobre el pezón por ser una talla tan pequeña, no le permitía hacer de forma correcta la succión, con lo que el niño sacaba menos cantidad de la que necesitaba. Y él, que era fortachón, en cuanto descansaba un poquito, otra vez pedía mamar, a ver si lograba sacar algo. Mi percepción era que sí sacaba porque me sentía el pecho menos lleno, aunque no vacío, y porque veía restos de leche en las pezoneras y en su boca. Y sacar, sacaba, pero no todo lo que le tenía que llegar. Igual otro niño menos fuerte e insistente, se hubiese cansado de tanto esfuerzo y hubiese preferido dormitar en vez de pedir a todas horas.

Curiosamente, yo había guardado unas pezoneras de cuando amamanté a mi hija mayor y resultaron ser, igualmente, tres tallas más pequeñas de lo que yo necesitaba. Cualquiera pensará que cómo no me di cuenta de que eran pequeñas para mí si había una diferencia tan grande entre las que me habían dado y las que de verdad necesitaba, pero caberme, me cabían, y aunque a mí sí me parecía que me quedaban un poco justas, tampoco sabía con qué holgura o no habían de quedar y si te las da una enfermera de maternidad, que piensas que sabe lo que te está dando, la verdad, lo di por bueno; tanto es así, que ya estando en casa, un día fui a la farmacia a comprarme otras y claro, las pedí de la misma talla que me habían dado en el hospital.

En lo que se refiere a mi hijo pequeño, al empezar a utilizar las pezoneras de la talla correcta el niño comenzó de nuevo a ganar peso y, cuando se curaron mis pezones retiré las pezoneras.

En cuanto a mi hija mayor, comprendí muchas cosas. Yo achacaba su rechazo al pecho a que le era más dificultoso mamar que tomar el biberón y que como sabía que después del pecho había toma de “bibe”, pues, para qué iba a molestarse en algo que le suponía más esfuerzo. Y es verdad, no cabe duda que les es más fácil sacar la leche de un biberón que de la mama (antes no había de las tetinas que existen ahora para que el bebé no le sea más fácil tomar el biberón que mamar) pero, claro, en realidad, ese era solo uno de los factores que condicionaron el fracaso de su lactancia. También cuanto más mama el bebé, más producción de leche tiene la madre, y claro, entre que hacía toma de “bibe” y que además sacaba poco por la pezonera extremadamente pequeña, pues  la cantidad de leche que obtenía no le merecía la pena el esfuerzo. Y, a la vez, mi producción  de leche, ante tan poco estímulo, era escasa, con lo cual era un círculo vicioso: le costaba y sacaba poco y, como sacaba poco, yo producía menos leche, con lo que para ella era mucho el esfuerzo que tenía que hacer para sacar cada vez menos. Pero aún hay más, con el tiempo nos enteramos que tenía un frenillo sublingual corto y tengo entendido que también eso puede dificultar la lactancia. Desconozco si tan corto como para que no pudiese mamar correctamente, porque cuando nos enteramos, mi hija hacía mucho tiempo que había dejado de ser lactante, pero claro, desde luego tenía todas las papeletas para abandonar prematuramente la lactancia materna. Una pena no haber estado bien asesorada para ir solventando las dificultades y haber podido continuar amamantando a mi hija, como era mi pretensión.

Dos hijos y dos experiencias de lactancia materna totalmente distintas. Solo me queda dar las gracias a los profesionales que ayudaron a que la lactancia de mi hijo pequeño se desarrollase con éxito. Gracias a todos ellos.

Ayudante para todo

Hay una época cuando los niños son pequeños – o al menos esa es mi experiencia con mis dos hijos –  en que tienes en casa un “ayudante para todo”.  La pena es que con el paso del tiempo esa buena predisposición probablemente decaiga un poco.

Mi hijo pequeño lleva ya un tiempo que se desvive por ayudarte.  Si ha terminado la lavadora te avisa y abre la puerta, te ayuda a sacar la ropa y te la va dando para que la tiendas, pretende sacar el lavavajillas, te avisa si suena el teléfono fijo o el móvil y también cuando termina de calentarse algo en el microondas. Últimamente, cuando me cambio de ropa al llegar a casa, en muchas ocasiones me va dando las prendas para que me las vayas poniendo. La verdad es que está muy gracioso y muestra tanto interés, que está para comérselo.

Confieso que a veces me estresa un poco. ¡Pobrecito! si lo hace con la mejor de las intenciones. No quiero parecer desagradecida. Lo que ocurre es que, por ejemplo, cuando empieza a sacar la ropa de la lavadora, lógicamente, y dada su edad, la arrastra por el suelo… y la verdad, por limpio que esté el suelo de la cocina, que lo está, no deja de ser el suelo por el que pisas y la ropa está limpia y mojada… Así que al principio le decía “no, déjalo, muchas gracias”. Él no se daba por aludido y continuaba “ayudándome”. Yo corría cada vez que preveía que, por el tamaño de la prenda que sacaba, la iba a arrastrar. Así que probablemente la situación era algo cómica. No sé qué pasaría por esa “cabecita”, pero, probablemente pensaría que su madre hacía unas cosas muy raras… Además, él saca la ropa de la lavadora mucho más deprisa de lo que a mí me da tiempo a tender, así que al final se va formando una montaña de ropa encima del tendedero.

En el lavavajillas no dejo que me ayude, por motivos obvios. A veces se me adelanta y ya le tengo con un plato o un vaso en la mano que corro a quitárselo para que no quepa la posibilidad de que se le caiga. También me da miedo que coja algún cuchillo y se corte.

Lo del aviso cuando suena el teléfono resulta verdaderamente útil, porque, en ocasiones, si hay ruido y estoy en la otra punta de la casa no lo oigo. Con el microondas se desespera si no sacas el recipiente en el mismo momento que él te avisa, y te insiste hasta que le haces caso.

En cuanto a la ropa, me hace mucha gracia, porque si la dejas encima de la cama te la va dando y tienes que cogérsela en ese mismo instante, claro, aunque tengas las manos ocupadas precisamente en quitarte la que llevas puesta. Así que la cojo y la dejo más próxima a mí de lo que estaba cuando él la cogió, ya que en ese momento no me la puedo poner por no haberme quitado la que llevo puesta. Con las zapatillas de estar por casa hace lo mismo, enseguida me las da. No me gusta que las coja porque lo hace tocando la suela, y aunque solo piso con ellas dentro de casa, no me gusta que las toque, pero vamos, es tan rápido, que imposible pararle.

Así es que he decidido relajarme. Trato de sacar la lavadora cuando él no me ve para que no arrastre la ropa por el suelo. Pero si cuento con su ayuda, tampoco me estreso. He llegado a la conclusión de que es mejor que quede claro mi agradecimiento a su ayuda y fomentar que tiene que ayudar en casa a mis desvelos porque no arrastre las prendas. Además, se le ve tan satisfecho cuando termina. Es como si pensase: “qué mayor soy, cuánto ayudo y qué bien he trabajado”. Y por otro lado es verdad, porque la intención es lo que cuenta ¿no? ¡Gracias peque!

Quien la sigue la consigue

Hace dos Navidades mi hija mayor pidió a los Reyes Magos una bicicleta. Le hacía mucha ilusión. La bici que le trajeron sus Majestades venía con ruedines incorporados. Mi hija cogió la bici con muchas ganas y disfrutaba pedaleando. El caso es que, pasado un tiempo, perdió parte del interés y únicamente montaba de cuando en cuando. Por inexplicable que a mí me pareciese, prefería impulsarse con sus piernas con la moto infantil a pedalear con la bicicleta.

Hace poco mi hija nos dijo que dos de sus amiguitas del cole le habían dicho que “era muy mayor para montar en bici con ruedines” y comunicó, con firme determinación, que iba a aprender a montar en bici sin ellos. Mi hija tiene 5 años, así que tampoco era tan mayor para utilizar ese tipo de ayuda al montar en bici. En fin, su padre y yo le dijimos que probablemente sus amigas iban sin ruedines porque montaban mucho en bicicleta y que, en cambio, ella no montaba casi nunca. Que estaba bien querer aprender a montar sin ruedines, pero que no había prisa, que lo hiciese cuando ella se sintiese preparada y no por lo que le dijesen o dejasen de decir.

El caso es que mi hija tenía en la cabeza que quería aprender y se puso manos a la obra ese mismo día. Era sábado y estábamos en casa de los abuelos. Se bajó con uno de sus tíos al jardín a practicar. Al cabo del rato bajé yo y me la encontré montando sin sujeción, con mucho esfuerzo, pero sin ningún tipo de ayuda. Daba dos pedaladas y tenía que parar y poner los pies porque perdía el equilibrio. Traté de sujetarle un poco del sillín, para que pudiese dar más pedaladas pero en seguida me dijo que no, que la soltase. Así lo hice, pero le comenté que a todos nos habían ayudado un poco al principio, y que no pasaba nada por recibir un poco de ayuda. Pero nada, ella tenía muy claro que esa “batalla” la tenía que ganar sola. Le pregunté a su tío y me dijo que solo le había cogido un par de minutos y que no había querido que lo hiciese más. Ese día, mi hija se cayó bastantes veces. Suele ser bastante especial – por melindrosa – para el tema “pupas” pero, en esta ocasión, el dolor no iba con ella. Con cada caída, muy digna, se volvía a levantar y a intentarlo de nuevo. Creo que con las caídas sufría yo más que ella. Solo lloró en una que fue un poco más fuerte y le dolió un poco más. Le alabé mucho su esfuerzo y sus progresos, pero no podía dejar de pensar que con una pequeña ayudita obtendría los mismos resultados sin tanto golpe y rasguños… en fin, son cosas que una madre no puede dejar de pensar… Avisé a su padre y a sus abuelos para que todos pudiesen verla y ella, mostrando sus progresos, estaba orgullosa, feliz.

Tras ese primer día de ensayo no volvió a montar en bici hasta el siguiente sábado, de nuevo en casa de los abuelos. Pensé que al no haberlo afianzado durante la semana, habría perdido mucho, pero nada más lejos de la verdad. Aunque seguía insegura, continuó mejorando. La verdad es que las inclemencias meteorológicas propias del invierno no han ayudado mucho y ha habido semanas que se las ha pasado “en blanco”, sin poder salir a practicar. Coincide además, que los últimos sábados que sí que había podido practicar ha coincidido que yo no he podido estar con ella  cuando montaba en bici por distintos motivos (un día aprovechamos su padre y yo para hacer unas compras, otro día cuando yo bajé ya había dejado la bici y no llegué a verla pedalear…).

Por fin, este último sábado la vi montar, fue muy poco tiempo, pero lo suficiente para comprobar que montaba en bici a la perfección, muy rápido y, sobre todo, muy segura. La verdad es que lo hace fenomenal, sobre todo teniendo en cuenta lo poco que ha podido practicar. Estoy contenta de verla disfrutar y de que con su esfuerzo, lo haya conseguido por sí misma en tiempo récord, porque la verdad es que han sido pocos ratitos los que ha dedicado y, además, espaciados en el tiempo. Pero con independencia del tiempo dedicado, ha demostrado tesón, y una gran fuerza de voluntad, algo muy necesario en la vida ¡Enhorabuena, hija mía! Sigue así.