Falsa sensación de seguridad

Cuando era pequeña vivía en pleno centro de Madrid,  y acudía a un colegio en las afueras al que me trasladaba en uno de los autobuses del colegio – los llamábamos “rutas” – . Al principio mis padres me acompañaban a la parada del autobús en el que también se subían otros niños que vivían por la zona y no se iban hasta que yo ya había subido al autobús. Pero me fui haciendo mayor y cuando iba a 6º ó 7º de EGB, no recuerdo con exactitud, mis padres me dejaban ir sola a la parada del autobús, que estaba cerca de casa. Yo era una niña muy responsable, y aunque tenía que cruzar varias calles, mis padres confiaban en mí.

Una mañana, cuando me dirigía a la parada del autobús, se me acercó un señor joven, elegante, bien parecido, vestido con un traje impecable y, muy educadamente y con una amplia sonrisa, me ofreció invitarme a tomar un chocolate. Le dije “no, gracias” y continué mi camino. Tuve claro que no debía aceptar su invitación, en primer lugar, porque era un extraño y sabía que no debía tratar con él, en segundo lugar, porque si aceptaba su invitación podía darse la posibilidad de que perdiera el autobús del colegio, y en tercer lugar, acababa de desayunar. Pero también recuerdo habérseme pasado por la cabeza que si hubiese dicho que sí, no hubiese pasado nada, que como ya era mayor, podía decidir por mí misma en este tipo de situaciones. Luego hubiese continuado mi camino y ya está ¿Ya está? ¿Nada? ¡Qué inocencia! Es una edad en que empiezas a sentirte mayor y tienes una falsa sensación de controlar las situaciones, cuando en realidad eres un “corderito” en un mundo donde, lamentablemente, abundan los “lobos”.

Entonces no le concedí importancia al asunto y ni si quiera se lo comenté a mis padres que, a buen seguro, se hubiesen preocupado mucho y muy probablemente se hubiesen replanteado el acompañarme de nuevo a la parada del autobús. Aquello quedó grabado en mi memoria, pero era un recuerdo enterrado hasta que he sido adulta y le he dado la importancia que creo que tiene. Volví a tenerlo presente con ocasión de escuchar la triste noticia de la desaparición de un niño.

Se me ponen los pelos de punta solo de pensar qué habría podido pasar. Estoy convencida que nada bueno. Quizá el lector pueda pensar que soy muy tremendista, pero me pregunto: ¿ qué puede pretender un adulto de una niña preadolescente a la que no conoce y a la que aborda en plena calle para invitarla a un chocolate? y, la verdad, mentiría si digo que se me ocurre alguna respuesta edificante. Imagino que de haber aceptado esa invitación hubiese sido muy fácil ponerme algún tipo de droga en el chocolate y sacarme del local sin ningún tipo de resistencia por mi parte. Pienso en cómo podía haber cambiado mi vida y la de mis padres. Gracias a Dios, tuve la suficiente “cabeza” para elegir la opción correcta y no tener que comprobar si mi decisión me traía o no consecuencias nefastas. Menos mal que no tuve que comprobarlo. Tuve suerte. Por desgracia, otros no la han tenido.

Habrá quien se pregunte por qué saco ahora este tema de algo que podía haber pasado pero que no pasó y que de haber aceptado la invitación tampoco puedo tener la certeza de que necesariamente me hubiese tenido que pasar algo malo. Ciertamente, no la tengo y existe la posibilidad, aunque remota, de que aquel extraño únicamente quisiese intercambiar palabras inocentes con una niña que, casualmente, se encontró por la calle. Posible, es posible, aunque poco probable. No saco este tema por un insano afán de protagonismo, desde luego, ni tampoco porque me guste pensar en cosas malas, sino que lo hago porque me “aterra” pensar cómo una decisión que a determinadas edades te puede parecer nimia y sin transcendencia, puede cambiar por completo la vida de un niño y de su familia en un instante.

Recuerdo que por aquella época, los fines de semana en muchas ocasiones iba sola a comprar el pan y pasaba por calles muy céntricas y muy transitadas del corazón de Madrid. Y ahora, como madre, me pregunto, qué haremos mi marido y yo cuando nuestros hijos crezcan y tengan edad de ir solos al cole (lo tenemos muy cerca de casa) o de hacer algún pequeño recado. Ahora todavía no tienen edad, pero el tiempo pasa rápido. Y la verdad, no lo tengo nada claro. Es verdad que vivimos en una zona residencial tranquila, pero eso tampoco garantiza nada.

Y soy consciente que es bueno para los niños ganar en autonomía, y que adopten pequeñas responsabilidades, y que no puedo pretender llevarles a todos sitios de la manita hasta que sean adultos. No les puedes tener en una burbuja para que no se hagan daño. Pero, ¿cómo darles autonomía y protegerles lo máximo posible al mismo tiempo? ¿Cómo evitar situaciones como la que yo viví?

No cabe duda que aquí la educación, como siempre, resulta fundamental. Les tenemos que educar para que no acepten nunca nada de desconocidos, pero aquí entra mi preocupación: cómo le haces ver que por muy mayor que se sienta, en estas cuestiones no debe tomar ninguna decisión que no se corresponda al 100% con lo que le has dicho que tenía que hacer.  Cómo le haces ver que por inocente y controlada que le pueda parecer la situación, no debe dejarse influir y debe seguir su camino. Eso es lo que me da miedo. Me inquieta el pensamiento que tuve en aquel entonces referido a que si hubiese aceptado la invitación tampoco hubiera pasado nada…

Sentimiento de protección

En una ocasión, era yo bastante pequeña, aunque no puedo precisar la edad, me encontraba con mis padres en casa de unos tíos y como mi prima era muy amiga de una vecinita y existía amistad entre ambas familias, fui con mi prima, que me llevaba 3 años, a casa de su vecina y amiga. La verdad que tengo el recuerdo medio en nebulosa, por lo que hay muchos puntos que no puedo precisar. En la casa estaba la abuela de esta niña y, para “pincharme” y ver qué le contestaba se  metió conmigo de broma  (no recuerdo qué me dijo) pero yo me lo tomé en serio y me sentí atacada. Mi contestación no se hizo esperar y le comuniqué, con mucha resolución, que llevase cuidado, porque llamaría a mis primos, que vendrían y me defenderían. A la abuela de la niña le hizo mucha gracia mi reacción y se la contó a mis tíos y a mis padres.

Muchos años después emitieron por la televisión un anuncio de unos conocidos zumos en el que un niño le decía a otro para defenderse “como se lo diga a mi primo te vas a enterar” y yo, acordándome de mi vivencia infantil, comentaba, entre risas, que los publicistas me habían “copiado”.

La lectura, medio en broma medio en serio, que hizo mi padre de la anécdota era que yo había recurrido a mis primos porque a él le había visto muy mayor. Me explicaba que yo no había dicho: “llamaré a mi padre y me defenderá”. Aún así, la anécdota le hacía mucha gracia y en ocasiones me la recordaba. Cuando yo nací mi padre tenía 44 años y mi madre un poco más de 42 años y medio. No sé si cuando la abuela de la vecinita de mi prima se metió en broma conmigo yo veía a mis padres mayores o no, lo que sé es que veía a mis primos altos y fuertes y con unas piernas larguísimas. Tengo un recuerdo casi fotográfico de ir corriendo hacia alguno de mis primos mayores, agarrarme a una de sus piernas y sentirme protegida.

Cuando eres pequeña, la cuestión de las edades resulta complicada y no calculas bien. Si eres muy pequeña ni siquiera sabes si “x” años son muchos o pocos o, más bien, si alguien es mayor que tú, los años que tenga te parecen muchos con independencia de cuántos años te lleve. No fui consciente de que mis padres eran mayores para tener una hija de mi edad (además, como ya os he comentado en otra ocasión, no soy hija pequeña, sino hija única) hasta que un compañero en el comedor del cole me preguntó que cuántos años tenían mis padres y, ante mi respuesta, me dijo que qué mayores eran. La verdad es que me sorprendió y entonces empecé a prestar atención a la conversación que este niño tenía con otros compañeros. Claro, frente a los cuarenta y tantos de mis padres los de los demás niños tenían veintitantos o, como mucho, se encontraban al comienzo de la treintena.

He de decir que a mí me daba igual la edad de mis padres y que siempre me sentí protegida por ellos. No creo que exista relación directa entre el nivel de protección y la edad del que protege. Tampoco puedo recordar qué me hizo citar a mis primos en vez de a mis padres, aunque quizá fuese la admiración que se tiene de pequeño por los que son mayores que tú sin llegar a ser adultos, sobre todo teniendo en cuenta que muchos de ellos me sacan bastantes años.

Gracias a unos y a otros por haberme hecho sentir protegida. Espero que mis hijos se sientan, como mínimo, igual de protegidos que yo me sentí.