Preocupación infantil por la muerte

Una mañana de vacaciones, siendo muy pequeña, me levanté y acudí a la cama de mis padres y le dije, muy seria, a mi padre que quería hablar con él. Mi padre, todavía somnoliento, me dijo que por supuesto, que qué quería. Entonces, ni corta ni perezosa, sin más preámbulos, le espeté: “Papá, cuando se murieron tus padres, ¿qué hiciste?”. Vaya una frasecita para escuchar según uno se despierta. Mi padre me explicó que cuando murieron sus padres, aunque era muy joven, ya era mayor y que ni muchísimo menos era un niño. Supongo, porque ya no lo recuerdo bien, que me preguntaría que por qué le planteaba tal cuestión, que si había algo que me preocupase y que me diría que nunca iba a estar sola y que tenía más familia en el caso de que le pasase algo a mi madre y a él siendo yo todavía pequeña.

Aunque mis padres ya fallecieron, siempre he querido que mi hija supiese de ellos y le explicaba que tenía cuatro abuelitos, dos que ella conocía (los padres de su papá), a los que adora y, afortunadamente, ve cada semana, y dos en el cielo (mis padres), y le decía sus nombres. En alguna ocasión, le hice algún comentario del tipo ” a la abuelita se le daba muy bien esto” o “cómo le gustaba esto al abuelito” Quería que fuesen cercanos para ella, pero de una forma sana. Nunca incidí mucho en la cuestión precisamente por si le podía provocar algún tipo de preocupación.

El caso es que mi hija tuvo hace poco una temporada en la que se mostraba muy preocupada con la muerte. Tenía entonces cuatro años, y me hacía muchas preguntas y se mostraba inquieta con la posibilidad de la muerte de su padre y mía, así como, incluso, la suya propia. Me sentí culpable pensando si mi interés en acercarle la figura de sus abuelos maternos había influido en esta preocupación que yo consideraba tan impropia de su edad como innecesaria, y que me había precipitado hablándole de ellos, en vez de esperar a que fuese un poco más mayor.

Hasta hace relativamente poco tiempo, la muerte se veía como un proceso natural, lo que no quita para que los que se quedaban echasen mucho en falta al que ya falleció y les embargase una gran pena por no poder compartir más vivencias  en la tierra con esa persona querida, pero creo que ahora nuestra sociedad tiene la muerte como un tema tabú, y me parece que no es sano, ya que en muchas ocasiones no sabemos bien cómo afrontarla, porque vivimos de espaldas a ella y porque no nos hemos preparado mentalmente para tal circunstancia, pese a que sabemos que es un hecho inexorable que nos sucederá a todos antes o después. Pero claro, todo esto lo digo pensando en los adultos, pero cómo explicárselo a un niño.

Un día que le estaba probando ropa a mi hija para ver cuál le seguía valiendo y cuál se le había quedado pequeña, tras probarle algo que ya no le valía le comenté que se estaba haciendo mayor. Hasta ese momento, un comentario de ese tipo le hubiese hecho sentirse orgullosa, porque a su edad a todos nos gusta hacernos mayores. Pero, en esta ocasión, se quedó compungida, y cuando le pregunté por qué se sentía así me contestó que no quería hacerse mayor para no morirse, que ella no se quería morir nunca. Le expliqué que crecer era algo natural y que era bueno, que ella todavía tenía que crecer mucho. Traté de hacerle ver que la muerte también era algo natural.

Como soy creyente le expliqué también que su alma no iba a dejar de existir y que como ella era buena, cuando dentro de mucho tiempo se muriese, iría al cielo. Ella me insistía en que no quería morirse y yo le dije que le entendía porque se estaba muy bien en la tierra y que además ella se lo pasaba muy bien y estaba muy a gusto, pero que en el cielo también estaría bien, que no iba a estar sola y que estaría con Jesusito y con nosotros y, sobre todo, le insistí que no se tenía que preocupar por la muerte.

Hasta aquí, le conté la realidad, más o menos, y adaptado a su edad, tal cual es, pero como sus preguntas y preocupación continuaban, terminé edulcorándole la cuestión. Le dije que faltaba mucho tiempo para que nos muriésemos, cuando en realidad, eso es algo que nunca sabemos cuando va a suceder, ya que puede ser mañana mismo o dentro de muchísimos años. Aunque edulcorarle la realidad no creo que sea, ni muchísimo menos, lo más correcto, peor me pareció la preocupación y angustia que le estaba generando el pensar que su vida podía cambiar en cualquier momento, sin previo aviso, porque un ser querido o, incluso, ella misma, se muriese. No me pareció sano para una niña de cuatro años. No sé lo que pensaréis, pero a mí suavizarle la explicación me pareció lo más correcto en ese momento. Creo que tiempo habrá para que no vea la muerte como un tabú y la tome como lo que es, algo natural, pero sin generarle una angustia como la que estaba viviendo.

Pese a que a mí me parece que era muy pequeña para andar con tales preocupaciones, un día el tema salió en la conversación con unos cuantos padres del colegio y varios de ellos me comentaron que sus hijas – en este caso se trataba también de niñas – habían mostrado también mucha preocupación con la muerte.

Finalmente, a mi hija hace tiempo que ya no se le ve preocupada con esta cuestión, y eso es algo que me alivia… al menos hasta la próxima…