Halloween como pretexto para molestar

Hace ya un mes que tengo escrita esta entrada y, sin embargo, no la había publicado. Ha perdido la actualidad de la celebración que la motivó, pero no lo que quería poner de manifiesto con ella: el “todo vale” con tal de divertirme, la falta de respeto hacia el prójimo. El motivo de haberla dejado “en barbecho”, además de haber tenido unas semanas especialmente complicadas y con menos tiempo libre de lo habitual, ha sido el darme ocasión para repensar si lo que en ella planteaba resultaba exagerado, si de un granito de arena estaba haciendo una montaña… Creo que no, aunque el lector juzgará mejor que yo… Ahí va:

Otros años, en la comunidad de propietarios en la que vivo, los interesados en visitar las casas para el ya famoso “truco o trato” ponían en cada portal, en concreto en cada ascensor – ya que hay vecinos que suben directamente desde el garaje en el sótano y no pasan por el portal – una hoja para que aquellos que querían ser visitados se apuntasen y así no molestar innecesariamente al resto de vecinos. Aún así, siempre había algún timbrazo de algún despistado, pero bueno, se trata de niños, y se cuenta con ello. El año pasado observé que, al menos en mi portal, no se apuntó casi nadie. Pues bien, resulta que este año no han dado la posibilidad de apuntarse y han llamado indiscriminadamente a todas las casas, en concreto a la mía, unas 5 ó 6 veces en una tarde.

Sé que con esta entrada me estoy ganando, quizá, la antipatía de muchos lectores, puesto que hoy en día en España, y pese a ser una fiesta importada, Halloween cuenta ya con muchos seguidores. Y entiendo, además, que desde el punto de vista infantil, puede tener muchos alicientes: disfrazarse – que eso siempre suele gustar -, ir de casa en casa con amigos sin los padres – lo que les hace sentirse mayores y autónomos, y recibir caramelos y chucherías varias – una recompensa muy satisfactoria para los más golosos -.

Este año mi hija, que ha cumplido los 6 años, me pidió permiso para ir de casa en casa y no se lo di. Además de que me parece muy pequeña, el motivo principal es que se trata de una fiesta que no comparto, que no la siento mía…, de hecho, me parece contraria a mis creencias católicas y creo que es la antítesis a la celebración de la festividad de Todos los Santos. En esta entrada me voy a centrar en los comportamientos de los niños que observé en esta celebración y la falta de responsabilidad de algunos padres a la hora de explicarles qué comportamientos son adecuados y cuáles no. No entro en cuestiones como el cambio de tradiciones o el sentido de la fiesta de Halloween  ya que, pese a ser cuestiones más importantes aún, si cabe, habrá otras voces, con más autoridad que la mía, que sepan alertar sobre los peligros de esta fiesta. Mi hija quedó desilusionada, y lo siento, pero no siempre se puede dar gusto. Respeto, por supuesto, a quien deje a sus hijos visitar las casas. Eso sí, lo que no me parece bien, es que los padres no expliquen a sus hijos lo que deben o no deben hacer en esas circunstancias.

Confieso abiertamente que me ha molestado lo que ha pasado en mi comunidad, no ya únicamente por la tarde de “timbrazos” que tuvimos que soportar sino, más bien, porque la lectura que he hecho de lo sucedido ha sido la siguiente: como el año pasado no debió apuntarse “ni el Tato”, y la fiesta no debió de ser todo lo divertida que esperaban, este año no han dado opción, es decir, que “no quieres caldo – léase fiesta -, pues toma dos tazas”. La verdad, no me parece bien. Considero que se trata de una imposición totalmente innecesaria y una falta de respeto total. Da igual que en una vivienda pueda haber un enfermo, un niño pequeño que no quieres que pase miedo con los terroríficos disfraces y maquillajes o, simplemente, que desees estar tranquilamente en tu casa sin que estén llamando a tu puerta a cada momento. Lo importante es que los niños no se pierdan su fiesta, con independencia de que obliguen al prójimo a participar en ella quiera o no quiera o, lo que es lo mismo, prima la libertad sin límites del niño frente a la del vecino que ve cercenada la suya en el seno de su propio hogar. Cuando yo era pequeña nos inculcaban el respeto a los demás, nos hacían comprender que no éramos nosotros solos, que se vive en comunidad y que las acciones que lleves a cabo en el ejercicio de tu libertad no deben perjudicar al resto. ¿Qué mensaje se está dando a los niños? Primero yo, después yo, y luego yo. ¿Tú?, ah, tú apáñatelas como puedas, que ese ya es tu problema…

Habrá quien piense que mis comentarios  sobre lo que considero una falta de respeto, pueden venir motivados por mi antipatía, reconocida en esta misma entrada, hacia esta fiesta. Pero nada más lejos de la verdad. Me tengo por persona objetiva y, aunque es verdad, que por nuestra condición de personas, uno, por muy objetivo que sea, no puede desprenderse de un mínimo de subjetividad, he de decir que no me mueve en estos comentarios ni un ápice de animadversión, sino que esta fiesta ha puesto de manifiesto comportamientos totalmente inapropiados por lo irrespetuosos que, por supuesto, se perciben también en otro tipo de situaciones.

La persona no es un “compartimento estanco”, es un todo, y por eso mismo me preocupa lo que subyace a este comportamiento, ya que no se trata de si la fiesta de Halloween puede resultar molesta a determinadas personas, sino, más bien, que determinadas actitudes que se han dado en la celebración de dicha fiesta (por supuesto habrá quien la haya celebrado sin molestar a nadie) ponen de manifiesto una falta total de respeto que, a buen seguro aflora o aflorará en otro tipo de situaciones y vivencias. Así que, y en lo que a convivencia y respeto se refiere, lo de Halloween para mí pasa a un segundo término, ya que el desencadenante, en este caso, es lo de menos; lo importante es el tipo de actitud egoísta que ha puesto de manifiesto.

Ayudante para todo

Hay una época cuando los niños son pequeños – o al menos esa es mi experiencia con mis dos hijos –  en que tienes en casa un “ayudante para todo”.  La pena es que con el paso del tiempo esa buena predisposición probablemente decaiga un poco.

Mi hijo pequeño lleva ya un tiempo que se desvive por ayudarte.  Si ha terminado la lavadora te avisa y abre la puerta, te ayuda a sacar la ropa y te la va dando para que la tiendas, pretende sacar el lavavajillas, te avisa si suena el teléfono fijo o el móvil y también cuando termina de calentarse algo en el microondas. Últimamente, cuando me cambio de ropa al llegar a casa, en muchas ocasiones me va dando las prendas para que me las vayas poniendo. La verdad es que está muy gracioso y muestra tanto interés, que está para comérselo.

Confieso que a veces me estresa un poco. ¡Pobrecito! si lo hace con la mejor de las intenciones. No quiero parecer desagradecida. Lo que ocurre es que, por ejemplo, cuando empieza a sacar la ropa de la lavadora, lógicamente, y dada su edad, la arrastra por el suelo… y la verdad, por limpio que esté el suelo de la cocina, que lo está, no deja de ser el suelo por el que pisas y la ropa está limpia y mojada… Así que al principio le decía “no, déjalo, muchas gracias”. Él no se daba por aludido y continuaba “ayudándome”. Yo corría cada vez que preveía que, por el tamaño de la prenda que sacaba, la iba a arrastrar. Así que probablemente la situación era algo cómica. No sé qué pasaría por esa “cabecita”, pero, probablemente pensaría que su madre hacía unas cosas muy raras… Además, él saca la ropa de la lavadora mucho más deprisa de lo que a mí me da tiempo a tender, así que al final se va formando una montaña de ropa encima del tendedero.

En el lavavajillas no dejo que me ayude, por motivos obvios. A veces se me adelanta y ya le tengo con un plato o un vaso en la mano que corro a quitárselo para que no quepa la posibilidad de que se le caiga. También me da miedo que coja algún cuchillo y se corte.

Lo del aviso cuando suena el teléfono resulta verdaderamente útil, porque, en ocasiones, si hay ruido y estoy en la otra punta de la casa no lo oigo. Con el microondas se desespera si no sacas el recipiente en el mismo momento que él te avisa, y te insiste hasta que le haces caso.

En cuanto a la ropa, me hace mucha gracia, porque si la dejas encima de la cama te la va dando y tienes que cogérsela en ese mismo instante, claro, aunque tengas las manos ocupadas precisamente en quitarte la que llevas puesta. Así que la cojo y la dejo más próxima a mí de lo que estaba cuando él la cogió, ya que en ese momento no me la puedo poner por no haberme quitado la que llevo puesta. Con las zapatillas de estar por casa hace lo mismo, enseguida me las da. No me gusta que las coja porque lo hace tocando la suela, y aunque solo piso con ellas dentro de casa, no me gusta que las toque, pero vamos, es tan rápido, que imposible pararle.

Así es que he decidido relajarme. Trato de sacar la lavadora cuando él no me ve para que no arrastre la ropa por el suelo. Pero si cuento con su ayuda, tampoco me estreso. He llegado a la conclusión de que es mejor que quede claro mi agradecimiento a su ayuda y fomentar que tiene que ayudar en casa a mis desvelos porque no arrastre las prendas. Además, se le ve tan satisfecho cuando termina. Es como si pensase: “qué mayor soy, cuánto ayudo y qué bien he trabajado”. Y por otro lado es verdad, porque la intención es lo que cuenta ¿no? ¡Gracias peque!

Quien la sigue la consigue

Hace dos Navidades mi hija mayor pidió a los Reyes Magos una bicicleta. Le hacía mucha ilusión. La bici que le trajeron sus Majestades venía con ruedines incorporados. Mi hija cogió la bici con muchas ganas y disfrutaba pedaleando. El caso es que, pasado un tiempo, perdió parte del interés y únicamente montaba de cuando en cuando. Por inexplicable que a mí me pareciese, prefería impulsarse con sus piernas con la moto infantil a pedalear con la bicicleta.

Hace poco mi hija nos dijo que dos de sus amiguitas del cole le habían dicho que “era muy mayor para montar en bici con ruedines” y comunicó, con firme determinación, que iba a aprender a montar en bici sin ellos. Mi hija tiene 5 años, así que tampoco era tan mayor para utilizar ese tipo de ayuda al montar en bici. En fin, su padre y yo le dijimos que probablemente sus amigas iban sin ruedines porque montaban mucho en bicicleta y que, en cambio, ella no montaba casi nunca. Que estaba bien querer aprender a montar sin ruedines, pero que no había prisa, que lo hiciese cuando ella se sintiese preparada y no por lo que le dijesen o dejasen de decir.

El caso es que mi hija tenía en la cabeza que quería aprender y se puso manos a la obra ese mismo día. Era sábado y estábamos en casa de los abuelos. Se bajó con uno de sus tíos al jardín a practicar. Al cabo del rato bajé yo y me la encontré montando sin sujeción, con mucho esfuerzo, pero sin ningún tipo de ayuda. Daba dos pedaladas y tenía que parar y poner los pies porque perdía el equilibrio. Traté de sujetarle un poco del sillín, para que pudiese dar más pedaladas pero en seguida me dijo que no, que la soltase. Así lo hice, pero le comenté que a todos nos habían ayudado un poco al principio, y que no pasaba nada por recibir un poco de ayuda. Pero nada, ella tenía muy claro que esa “batalla” la tenía que ganar sola. Le pregunté a su tío y me dijo que solo le había cogido un par de minutos y que no había querido que lo hiciese más. Ese día, mi hija se cayó bastantes veces. Suele ser bastante especial – por melindrosa – para el tema “pupas” pero, en esta ocasión, el dolor no iba con ella. Con cada caída, muy digna, se volvía a levantar y a intentarlo de nuevo. Creo que con las caídas sufría yo más que ella. Solo lloró en una que fue un poco más fuerte y le dolió un poco más. Le alabé mucho su esfuerzo y sus progresos, pero no podía dejar de pensar que con una pequeña ayudita obtendría los mismos resultados sin tanto golpe y rasguños… en fin, son cosas que una madre no puede dejar de pensar… Avisé a su padre y a sus abuelos para que todos pudiesen verla y ella, mostrando sus progresos, estaba orgullosa, feliz.

Tras ese primer día de ensayo no volvió a montar en bici hasta el siguiente sábado, de nuevo en casa de los abuelos. Pensé que al no haberlo afianzado durante la semana, habría perdido mucho, pero nada más lejos de la verdad. Aunque seguía insegura, continuó mejorando. La verdad es que las inclemencias meteorológicas propias del invierno no han ayudado mucho y ha habido semanas que se las ha pasado “en blanco”, sin poder salir a practicar. Coincide además, que los últimos sábados que sí que había podido practicar ha coincidido que yo no he podido estar con ella  cuando montaba en bici por distintos motivos (un día aprovechamos su padre y yo para hacer unas compras, otro día cuando yo bajé ya había dejado la bici y no llegué a verla pedalear…).

Por fin, este último sábado la vi montar, fue muy poco tiempo, pero lo suficiente para comprobar que montaba en bici a la perfección, muy rápido y, sobre todo, muy segura. La verdad es que lo hace fenomenal, sobre todo teniendo en cuenta lo poco que ha podido practicar. Estoy contenta de verla disfrutar y de que con su esfuerzo, lo haya conseguido por sí misma en tiempo récord, porque la verdad es que han sido pocos ratitos los que ha dedicado y, además, espaciados en el tiempo. Pero con independencia del tiempo dedicado, ha demostrado tesón, y una gran fuerza de voluntad, algo muy necesario en la vida ¡Enhorabuena, hija mía! Sigue así.

Andanzas de un intrépido bebé

Mi hijo pequeño está en esa edad de tocarlo absolutamente todo. Es normal, tiene que experimentar e investigar para aprender. Pero desarrolla una actividad tal que agota al más pintado. Un lugar de la casa del que disfruta mucho es la cocina. Sus actividades son múltiples: abrir la puerta del congelador, poner la lavadora o el lavavajillas (o apagar o cambiar el programa cuando están funcionando estos electrodomésticos), coger las naranjas del verdulero y meterlas en la lavadora, introducir en dicho electrodoméstico cualquier objeto o juguete que tenga a mano, girar los mandos del horno y la vitrocerámica y, los días que está puesto el tendedero, coger sus pinzas, tirar de la ropa o zarandear el propio tendedero dando con la pared, que así hace más ruido.

El cuarto de baño también tiene su aquel, está el rollo del papel higiénico que da mucho juego, el taburete para llegar al lavabo, grifos de los que sale el agua y, cómo no, el váter.  En las últimas semanas mi hijo ha tirado al inodoro una zapatilla, una pelota pequeña, una macetita pintada por su hermana y una botellita de muestra de champú. No sé de dónde ha sacado esta “afición”, porque puedo asegurar que en casa no utilizamos el váter como papelera…

El despacho compite abiertamente con la cocina y los baños, lo que ocurre es que se trata de una zona vetada para él y únicamente entra de manera furtiva. Allí están los libros, papeles y los ordenadores (nana para él) con sus respectivos teclados, ratones y cables. Una tentación demasiado grande…

El salón también tiene sus alicientes, está la tele, que me espanta que un día se la pueda tirar encima, los distintos mandos con todas sus teclas, el teléfono fijo y el inalámbrico y, en ocasiones también algún teléfono móvil. Están también las cortinas tras las que le gusta esconderse, y un interruptor para subir y bajar la persiana. Ahora, además, ya se sube solo a los sofás. No me preocupa tanto que se suba, como que se baje, porque a esta edad a veces pretenden bajar de cabeza, y cuando no sabía subirse, únicamente se sentaba allí cuando nosotros estábamos a su lado sujetándole, pero ahora que trepa en un abrir y cerrar de ojos, en un momentito que te gires, ya se ha subido sin que te deje la más mínima capacidad de reacción. Hasta ahora no se ha producido ninguna caída por este motivo, pero me temo que pueda suceder en cualquier momento.

Los dormitorios también tienen sus elementos atractivos: despertadores, cortinas, visillos, armarios y cajones con ropa dentro. Esto último es lo más divertido, a nadie se le escapará que sacar la ropa limpia y cuidadosamente doblada y colocada dentro de los cajones para depositarla con salero en un montón en el suelo es una actividad de lo más gratificante, no cabe duda…

Ya solo me queda hablar de la puerta de entrada, que es el paso a todo un mundo por explorar, lleno de aventuras  de todo tipo. Hemos optado por cerrar la puerta con llave porque el resbalón es insuficiente, ya que abre la puerta con facilidad.

Con todo este plantel de múltiples actividades variadas, ¿quién quiere entretenerse con los juguetes? Sí, los juguetes son divertidos y le gustan, pero las cosas del manejo cotidiano de los adultos son más interesantes, no tienen parangón.

Cualquiera que me lea podría pensar que mi hijo pequeño campa a sus anchas por la casa sin supervisión de ningún adulto. Nada más lejos de la verdad.  Lo que sucede es que no siempre puedes estar jugando con él, porque, como en toda casa, hay que hacer cosas y, además, se da la circunstancia de que desde hace mucho tiempo no quiere el parque ni en pintura, y en la trona aguanta poco, por lo que mientras haces las cosas anda pululando a tu alrededor con una actividad incesante. La verdad es que tardas mucho tiempo para realizar cualquier tarea, porque la interrumpes constantemente para evitar que se haga daño o para impedirle que te organice un desaguisado. Y él, que ya sabe que hay muchas cosas que no quieres que haga, aprovecha cualquier ocasión para llevarlas a cabo. Cuando por descuido a veces dejábamos a su alcance los mandos de la tele, él te miraba y si se daba cuenta de que no te habías percatado, ponía cara de “pillín” y comenzaba a andar muy deprisa para cogerlos antes de que te dieses cuenta. Y los cogía, ¡vaya si los cogía!. La cara de satisfacción que ponía era digna de verse…

Ahora tiene bastante seguridad en sus movimientos, pero recuerdo que cuando hacía poco tiempo que había comenzado a andar nos llamaba mucho la atención que cuando tenía mucho interés en algo, “corría que se las pelaba”. Era decir en voz alta voy a la cocina a preparar la comida, por ejemplo, y antes de que pudieses llegar a la cocina con tus piernas y pasos de adulto él, que te había oído, ya estaba esperándote a la puerta de la cocina (que dejábamos cerrada para que no entrase, ya que entonces todavía no sabía abrir las puertas). Pero, ¿cómo podía llegar antes que tú, con sus piernecitas y pasito de bebé si habíais partido del mismo sitio? Además, pasaba por tu lado sin hacer ruido, si es que ni veías que te adelantaba. Lógicamente solo podía haber llegado antes que tú corriendo. Pero, ¿en qué momento había aprendido a correr el niño? No hay mayor estimulación y motivación que tener interés por algo…

Secretos

Cuando era pequeña los sábados y los domingos solía salir por la mañana al parque o a dar un paseo con mis padres o, si no podían los dos, al menos con uno de ellos. Un día de fin de semana salí de paseo con mi padre a mediodía y mi madre se quedó en casa y no nos acompañó. Hubo un momento en que paramos a tomar el aperitivo. No sé si fui yo la que se lo pedí o si me lo ofreció mi padre directamente, pero el caso es que me sirvieron un plato de patatas fritas que, por cierto, me gustaban mucho. Mi padre se apresuró a decirme que me daba patatas a condición de que no le dijese nada a mi madre, que si no, ella diría que me habían quitado las ganas de comer. Terminado el aperitivo, continuamos con nuestro paseo y finalmente, regresamos a casa. Lo primero que dije, nada más abrir mi padre la puerta fue: “mamá, papá me ha dado patatas”. Es que ni saludé a mi madre. La información me quemaba. Lo hice sin pensar. Creo que mi padre bromeó con el asunto y me hizo ver, de manera muy sutil para que no me sintiese mal, que había faltado a mi palabra, porque de sobra sabía él que mi intención no había sido “chivarme”. Aún así, recuerdo sentirme un poco avergonzada al darme cuenta que había dejado a mi padre al descubierto por haberme dado un capricho. Mi madre, muy preocupada siempre con el asunto de las comidas y que no tomase nada que me quitase luego la gana de comer, creo que, en aquella ocasión, no nos regañó ni dijo nada.

Mucho tiempo después, mi padre me recordaba, entre risas, aquella “traición” filial. Y yo le decía, sonriendo, que no se puede pretender que un niño pequeño guarde un secreto, que es confiarle uno, y no ve el momento de compartirlo sin que en su ánimo haya un ápice de traición. Se trata de algo irrefrenable, se siente en la necesidad perentoria de compartirlo.

En ocasiones, mi hija me dice: “tengo un secreto que no te puedo decir”. La frase, en sí misma, ya me hace gracia, porque es cualidad del secreto el que no se deba comunicar. A veces me lo termina diciendo sin que yo ejerza presión alguna pero, incluso, cuando no llega a decírmelo, ya me ha comunicado que tiene un secreto. ¡Qué inocencia! Tengo la impresión de que tiene la necesidad de decírmelo, que le descansa…

Me interesa que mi hija distinga entre cosas importantes que debe comunicarnos a su padre y a mí sin reservas, sin secretos, y los secretos-sorpresas que no debe comunicarnos.

Respecto de los primeros, siempre le digo que no me gusta que tenga secretos conmigo y que ella sabe que puede confiar en mí para contarme cualquier cosa. La verdad es que, afortunadamente, cuando calla algo que le preocupa no suele considerarlo como un secreto y en esas ocasiones si no termina contándomelo, trato de sonsacarle. A veces son cosas importantes y, otras veces son cuestiones que aunque objetivamente no sean importantes, para ella sí lo son, por lo que las trato como tales.

Las preocupaciones que plantean los niños pequeños sobre aspectos que, bajo nuestra mirada de adulto, pueden resultar absurdas, creo que han de tratarse bajo la mirada del niño y no bajo la nuestra, es decir, hacerle ver al niño que todo lo que le pasa es importante para nosotros y que no minusvaloramos su preocupación. Otra cosa será, el darle argumentos para que valore en su justa medida las cosas y así ayudarle a que deje de preocuparse innecesariamente por cuestiones que no lo merecen. Entiendo que se trata de un proceso madurativo en el que debemos ayudarles a afrontar sus miedos y preocupaciones, pero no minimizarlos desde nuestra visión de adultos, porque ellos lo viven como algo importante.

Cuando abiertamente dice que es un secreto suele tratarse de sorpresas a los padres en relación al colegio, es decir, lo que tienen preparado para la fiesta de Navidad, el regalo del día del padre, el del día de la madre, si van a salir del cole disfrazados con un disfraz que han confeccionado ellos mismos… cosas así. En esos supuestos le digo que si es un secreto, que no me lo diga, aunque muchas veces no se aguanta y termina contándomelo, ya sea todo o, al menos, una parte de él.

Consejos médicos difíciles de cumplir

Vaya por delante que agradezco mucho a los médicos que cuiden de nuestra salud. Lo digo de corazón. Además, yo soy una paciente y una madre de pacientes (igual que fui hija de pacientes) que me gusta que me faciliten la mayor información posible. Pero hay veces que nos mandan cosas que serán necesarias, yo no lo dudo, y que es su obligación decirnoslas, pero que también son difíciles de cumplir.

En una ocasión, ante una dolencia en la pierna, me dijo el médico: “puedes hacer vida normal, eso sí, no pases mucho tiempo de pie, pero tampoco mucho tiempo sentada. Cuando estés sentada, pon la pierna en alto, pero no la pongas de cualquier manera, que el hueco poplíteo quede apoyado (la región posterior de la articulación de la rodilla; en lenguaje común, la corva). Ojo con que el pie quede en vano que, aunque no lo parezca, el pie pesa mucho, y si no lo apoyas te puede provocar una distensión. Pero eso sí, tú, vida normal ¿eh?” ¿Me puede explicar alguien cómo llevas una vida normal siguiendo todas esas indicaciones? ¿En qué trabajo puedes estar con la pierna en alto cuando estás sentada sin que queden sin apoyar el hueco poplíteo y el pie y, sobre todo, sin destrozarte la espalda para llegar a un teclado del ordenador?

De verdad que agradezco que me digan el óptimo de lo que debería hacer para mejorar una dolencia, pero que sean realistas, que no consideren que eso es hacer vida normal, porque salvo que trabajes en casa desde la cama o dispongas de todo tu tiempo para cuidarte, no veo la forma. Ante la misma dolencia, otro médico me dijo que lo que tenía que hacer era: “das una vuelta a la manzana, pones la pierna en alto, das otra vuelta, vuelves a poner la pierna en alto, y así vas incrementando el tiempo que andas, pero luego siempre pones la pierna en alto”. Pero, ¿cuándo puedes hacer eso como rutina? Un día, no te digo que no, pero como rutina, lo veo difícil, salvo que te encuentres de vacaciones, porque como estés sujeto a un horario y estés con jornada partida y completa… y ya con niños, ni te cuento…

Hace poco, la pediatra le puso un tratamiento a mi hijo pequeño con un inhalador. Nos avisó – cosa que le agradezco en el alma, porque a mis sobrinos les puso su pediatra el mismo tratamiento y no les avisó – que tras su administración debíamos limpiarle la boca al niño con una gasa húmeda porque si no se limpia se corre el riesgo, casi seguro, de que le salgan hongos en la boca. Hasta ahí fenomenal. Pero claro, es un bebé de 17 meses que no siempre abre la boca cuando a ti te interesa, que no saca la lengua cuando quieres y que cuando le metes la gasa, a veces, te muerde. Si fuese un niño mayor además de que colaboraría con la limpieza con la gasa, podría incluso enjuagarse la boca, pero tiene la edad que tiene.

La verdad es que hemos logrado que colabore bastante, dentro de todo, alabándole lo bien que lo hace, diciéndole lo mayor que es y aplaudiéndole – esto último le encanta y pone cara de satisfecho e, incluso, a veces, se auto aplaude – . Además, luego tiene el premio de lavarse los dientes – y digo premio, porque le apasiona -. Es un lavado de “aquella manera” porque, en realidad, no llega a cepillarse, hace algo parecido, pero cepillarse, cepillarse… Esperemos que cuando crezca le guste tanto lavarse los dientes como ahora. Normalmente termina llorando – y esto me da pena –  porque no hay forma de que suelte el cepillo de dientes y sería capaz de pasarse el día lavándoselos y enjuagando el cepillo en el agua. Claro, cuando llevas un rato de plantón, sujetándole en el taburete y tras varias amables peticiones de que te de el cepillo a las que hace caso omiso pues, finalmente, se lo quitas, y como le contraría, pues a protestar a todo pulmón.

Eso es como cuando te dice el pediatra que no distraigas al niño mientras come, que tiene que ser consciente de que está comiendo y no comer sin darse cuenta de la acción que está realizando. No puedo estar más de acuerdo con él, de verdad. Lo que ocurre es que cuando ves que si no está distraído no come, acabas distrayéndole con tal de que coma. Y no estará bien, pero si es lo único que te funciona… Con mi hija hubo que distraerla desde el principio para que se tomase las papillas y cuando mi hijo pequeño empezó a comerlas con fruición sin que tuviésemos que hacer nada para distraerle, respiramos aliviados. El problema es que de repente cambió, y ya no come si no está distraído, y además, no es que lo haga cuando ya está cansado de abrir la boca, sino que lo hace desde la primera cucharada e, incluso, teniendo hambre. Está siendo más costoso distraerle a él de lo que fue distraer a su hermana. Y es que nos ha salido muy “exquisito” y no le vale con cualquier distracción, así que nos obliga a agudizar el ingenio… ¿Qué fue de aquel bebé que abría la boca tan complaciente?