Andanzas de un intrépido bebé

Mi hijo pequeño está en esa edad de tocarlo absolutamente todo. Es normal, tiene que experimentar e investigar para aprender. Pero desarrolla una actividad tal que agota al más pintado. Un lugar de la casa del que disfruta mucho es la cocina. Sus actividades son múltiples: abrir la puerta del congelador, poner la lavadora o el lavavajillas (o apagar o cambiar el programa cuando están funcionando estos electrodomésticos), coger las naranjas del verdulero y meterlas en la lavadora, introducir en dicho electrodoméstico cualquier objeto o juguete que tenga a mano, girar los mandos del horno y la vitrocerámica y, los días que está puesto el tendedero, coger sus pinzas, tirar de la ropa o zarandear el propio tendedero dando con la pared, que así hace más ruido.

El cuarto de baño también tiene su aquel, está el rollo del papel higiénico que da mucho juego, el taburete para llegar al lavabo, grifos de los que sale el agua y, cómo no, el váter.  En las últimas semanas mi hijo ha tirado al inodoro una zapatilla, una pelota pequeña, una macetita pintada por su hermana y una botellita de muestra de champú. No sé de dónde ha sacado esta “afición”, porque puedo asegurar que en casa no utilizamos el váter como papelera…

El despacho compite abiertamente con la cocina y los baños, lo que ocurre es que se trata de una zona vetada para él y únicamente entra de manera furtiva. Allí están los libros, papeles y los ordenadores (nana para él) con sus respectivos teclados, ratones y cables. Una tentación demasiado grande…

El salón también tiene sus alicientes, está la tele, que me espanta que un día se la pueda tirar encima, los distintos mandos con todas sus teclas, el teléfono fijo y el inalámbrico y, en ocasiones también algún teléfono móvil. Están también las cortinas tras las que le gusta esconderse, y un interruptor para subir y bajar la persiana. Ahora, además, ya se sube solo a los sofás. No me preocupa tanto que se suba, como que se baje, porque a esta edad a veces pretenden bajar de cabeza, y cuando no sabía subirse, únicamente se sentaba allí cuando nosotros estábamos a su lado sujetándole, pero ahora que trepa en un abrir y cerrar de ojos, en un momentito que te gires, ya se ha subido sin que te deje la más mínima capacidad de reacción. Hasta ahora no se ha producido ninguna caída por este motivo, pero me temo que pueda suceder en cualquier momento.

Los dormitorios también tienen sus elementos atractivos: despertadores, cortinas, visillos, armarios y cajones con ropa dentro. Esto último es lo más divertido, a nadie se le escapará que sacar la ropa limpia y cuidadosamente doblada y colocada dentro de los cajones para depositarla con salero en un montón en el suelo es una actividad de lo más gratificante, no cabe duda…

Ya solo me queda hablar de la puerta de entrada, que es el paso a todo un mundo por explorar, lleno de aventuras  de todo tipo. Hemos optado por cerrar la puerta con llave porque el resbalón es insuficiente, ya que abre la puerta con facilidad.

Con todo este plantel de múltiples actividades variadas, ¿quién quiere entretenerse con los juguetes? Sí, los juguetes son divertidos y le gustan, pero las cosas del manejo cotidiano de los adultos son más interesantes, no tienen parangón.

Cualquiera que me lea podría pensar que mi hijo pequeño campa a sus anchas por la casa sin supervisión de ningún adulto. Nada más lejos de la verdad.  Lo que sucede es que no siempre puedes estar jugando con él, porque, como en toda casa, hay que hacer cosas y, además, se da la circunstancia de que desde hace mucho tiempo no quiere el parque ni en pintura, y en la trona aguanta poco, por lo que mientras haces las cosas anda pululando a tu alrededor con una actividad incesante. La verdad es que tardas mucho tiempo para realizar cualquier tarea, porque la interrumpes constantemente para evitar que se haga daño o para impedirle que te organice un desaguisado. Y él, que ya sabe que hay muchas cosas que no quieres que haga, aprovecha cualquier ocasión para llevarlas a cabo. Cuando por descuido a veces dejábamos a su alcance los mandos de la tele, él te miraba y si se daba cuenta de que no te habías percatado, ponía cara de “pillín” y comenzaba a andar muy deprisa para cogerlos antes de que te dieses cuenta. Y los cogía, ¡vaya si los cogía!. La cara de satisfacción que ponía era digna de verse…

Ahora tiene bastante seguridad en sus movimientos, pero recuerdo que cuando hacía poco tiempo que había comenzado a andar nos llamaba mucho la atención que cuando tenía mucho interés en algo, “corría que se las pelaba”. Era decir en voz alta voy a la cocina a preparar la comida, por ejemplo, y antes de que pudieses llegar a la cocina con tus piernas y pasos de adulto él, que te había oído, ya estaba esperándote a la puerta de la cocina (que dejábamos cerrada para que no entrase, ya que entonces todavía no sabía abrir las puertas). Pero, ¿cómo podía llegar antes que tú, con sus piernecitas y pasito de bebé si habíais partido del mismo sitio? Además, pasaba por tu lado sin hacer ruido, si es que ni veías que te adelantaba. Lógicamente solo podía haber llegado antes que tú corriendo. Pero, ¿en qué momento había aprendido a correr el niño? No hay mayor estimulación y motivación que tener interés por algo…

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