Los demás no son adivinos

Hace poco fui a visitar a una muy buena amiga y su familia con mis dos hijos. Tiene tres niñas pequeñas. La mayor tiene 7 años, la segunda tiene 5 años, como mi hija, y la más pequeñita es un bebé de un año, un pelín más pequeña que mi hijo menor. Mi hija estaba deseando verlas porque se lleva muy bien con ellas y las ve poco porque viven en otra ciudad. El caso es que las dos hermanas mayores tuvieron la típica “peleílla” entre hermanas, a la que, la verdad, no concedí la mayor importancia. La mayor se quejaba de que la hermana mediana estaba todo el rato mandando. Su padre le dijo que la dejase mandar, ya que habitualmente era ella la que mandaba, pero la hermana mayor no quería hacer esa concesión. Entonces el padre, con afán de conciliar, dijo que mandase mi hija. ¿Qué te parece? le preguntó a mi pequeña, a lo que la niña contestó: “yo solo quiero jugar”. Esa contestación me sugirió dos cosas. La primera fue que me pareció una muestra de madurez el no conceder importancia a quien mandase y pretender centrarse en lo que a ella le parecía verdaderamente importante: jugar con dos amigas a las que hacía tiempo que no veía. Lo segundo que me sugirió fue que esa “peleílla” sin importancia, aunque efectivamente no la tenía, quizás había durado más de lo debido, pese a que a sus padres y a mí nos había pasado desapercibido, ya que las niñas iban de la sala de estar a su dormitorio, mientras nosotros permanecíamos con los dos pequeñines en la sala de estar, lo que conllevaba que había períodos de tiempo en los que no éramos espectadores de cómo interactuaban entre sí y pensábamos que andaban jugando cuando probablemente estaban discutiendo.

Al día siguiente, cuando le contaba lo sucedido a su abuela explicó, además, que ella quería jugar con la pequeñina y con su hermano, y que la hermana mediana la cogía del brazo para llevarla a su cuarto a jugar. Ante esta nueva información le dije que la hermana mediana tenía muchas ganas de jugar con ella  y que si no le había propuesto que jugasen con los pequeñines. Mi hija me dijo que no.  Le hice ver que los demás no pueden saber qué es lo que queremos si nosotros no se lo decimos, y que su amiguita (la hermana mediana) no era adivina y no podía saber que ella prefería quedarse en la sala de estar para hacerle monerías a los más chiquitines a ir a jugar al cuarto.

Y esto es algo que ya me suena de otras veces. Precisamente, justo hacía unos días que mi hija se había quejado de que una amiguita del cole cuando jugaban a las familias y mi hija hacía de gatito (le encanta ponerse a maullar) le cogía de los mofletes apretando fuerte mientras decía “¡oh, qué gatito!” y le hacía daño. Yo le pregunté si le había dicho que se lo hiciese más flojo o que no se lo hiciese porque le molestaba y hacía daño y me contestó que no. Le expliqué que probablemente su amiguita no sabía que le estaba haciendo daño y que debía decírselo para que ella lo supiese y lo dejase de hacer.

Así que me he dado cuenta que, aunque en otras situaciones mi hija ha demostrado un comportamiento asertivo, sin embargo, en vivencias como las descritas y otras similares con otros niños en las que ha tenido que expresar lo que quiere hacer o lo que no quiere que le hagan ha salido a la luz una carencia importante que será necesario trabajar. Espero poder contaros pronto los progresos.

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