Consejos médicos difíciles de cumplir

Vaya por delante que agradezco mucho a los médicos que cuiden de nuestra salud. Lo digo de corazón. Además, yo soy una paciente y una madre de pacientes (igual que fui hija de pacientes) que me gusta que me faciliten la mayor información posible. Pero hay veces que nos mandan cosas que serán necesarias, yo no lo dudo, y que es su obligación decirnoslas, pero que también son difíciles de cumplir.

En una ocasión, ante una dolencia en la pierna, me dijo el médico: “puedes hacer vida normal, eso sí, no pases mucho tiempo de pie, pero tampoco mucho tiempo sentada. Cuando estés sentada, pon la pierna en alto, pero no la pongas de cualquier manera, que el hueco poplíteo quede apoyado (la región posterior de la articulación de la rodilla; en lenguaje común, la corva). Ojo con que el pie quede en vano que, aunque no lo parezca, el pie pesa mucho, y si no lo apoyas te puede provocar una distensión. Pero eso sí, tú, vida normal ¿eh?” ¿Me puede explicar alguien cómo llevas una vida normal siguiendo todas esas indicaciones? ¿En qué trabajo puedes estar con la pierna en alto cuando estás sentada sin que queden sin apoyar el hueco poplíteo y el pie y, sobre todo, sin destrozarte la espalda para llegar a un teclado del ordenador?

De verdad que agradezco que me digan el óptimo de lo que debería hacer para mejorar una dolencia, pero que sean realistas, que no consideren que eso es hacer vida normal, porque salvo que trabajes en casa desde la cama o dispongas de todo tu tiempo para cuidarte, no veo la forma. Ante la misma dolencia, otro médico me dijo que lo que tenía que hacer era: “das una vuelta a la manzana, pones la pierna en alto, das otra vuelta, vuelves a poner la pierna en alto, y así vas incrementando el tiempo que andas, pero luego siempre pones la pierna en alto”. Pero, ¿cuándo puedes hacer eso como rutina? Un día, no te digo que no, pero como rutina, lo veo difícil, salvo que te encuentres de vacaciones, porque como estés sujeto a un horario y estés con jornada partida y completa… y ya con niños, ni te cuento…

Hace poco, la pediatra le puso un tratamiento a mi hijo pequeño con un inhalador. Nos avisó – cosa que le agradezco en el alma, porque a mis sobrinos les puso su pediatra el mismo tratamiento y no les avisó – que tras su administración debíamos limpiarle la boca al niño con una gasa húmeda porque si no se limpia se corre el riesgo, casi seguro, de que le salgan hongos en la boca. Hasta ahí fenomenal. Pero claro, es un bebé de 17 meses que no siempre abre la boca cuando a ti te interesa, que no saca la lengua cuando quieres y que cuando le metes la gasa, a veces, te muerde. Si fuese un niño mayor además de que colaboraría con la limpieza con la gasa, podría incluso enjuagarse la boca, pero tiene la edad que tiene.

La verdad es que hemos logrado que colabore bastante, dentro de todo, alabándole lo bien que lo hace, diciéndole lo mayor que es y aplaudiéndole – esto último le encanta y pone cara de satisfecho e, incluso, a veces, se auto aplaude – . Además, luego tiene el premio de lavarse los dientes – y digo premio, porque le apasiona -. Es un lavado de “aquella manera” porque, en realidad, no llega a cepillarse, hace algo parecido, pero cepillarse, cepillarse… Esperemos que cuando crezca le guste tanto lavarse los dientes como ahora. Normalmente termina llorando – y esto me da pena –  porque no hay forma de que suelte el cepillo de dientes y sería capaz de pasarse el día lavándoselos y enjuagando el cepillo en el agua. Claro, cuando llevas un rato de plantón, sujetándole en el taburete y tras varias amables peticiones de que te de el cepillo a las que hace caso omiso pues, finalmente, se lo quitas, y como le contraría, pues a protestar a todo pulmón.

Eso es como cuando te dice el pediatra que no distraigas al niño mientras come, que tiene que ser consciente de que está comiendo y no comer sin darse cuenta de la acción que está realizando. No puedo estar más de acuerdo con él, de verdad. Lo que ocurre es que cuando ves que si no está distraído no come, acabas distrayéndole con tal de que coma. Y no estará bien, pero si es lo único que te funciona… Con mi hija hubo que distraerla desde el principio para que se tomase las papillas y cuando mi hijo pequeño empezó a comerlas con fruición sin que tuviésemos que hacer nada para distraerle, respiramos aliviados. El problema es que de repente cambió, y ya no come si no está distraído, y además, no es que lo haga cuando ya está cansado de abrir la boca, sino que lo hace desde la primera cucharada e, incluso, teniendo hambre. Está siendo más costoso distraerle a él de lo que fue distraer a su hermana. Y es que nos ha salido muy “exquisito” y no le vale con cualquier distracción, así que nos obliga a agudizar el ingenio… ¿Qué fue de aquel bebé que abría la boca tan complaciente?

Los demás no son adivinos

Hace poco fui a visitar a una muy buena amiga y su familia con mis dos hijos. Tiene tres niñas pequeñas. La mayor tiene 7 años, la segunda tiene 5 años, como mi hija, y la más pequeñita es un bebé de un año, un pelín más pequeña que mi hijo menor. Mi hija estaba deseando verlas porque se lleva muy bien con ellas y las ve poco porque viven en otra ciudad. El caso es que las dos hermanas mayores tuvieron la típica “peleílla” entre hermanas, a la que, la verdad, no concedí la mayor importancia. La mayor se quejaba de que la hermana mediana estaba todo el rato mandando. Su padre le dijo que la dejase mandar, ya que habitualmente era ella la que mandaba, pero la hermana mayor no quería hacer esa concesión. Entonces el padre, con afán de conciliar, dijo que mandase mi hija. ¿Qué te parece? le preguntó a mi pequeña, a lo que la niña contestó: “yo solo quiero jugar”. Esa contestación me sugirió dos cosas. La primera fue que me pareció una muestra de madurez el no conceder importancia a quien mandase y pretender centrarse en lo que a ella le parecía verdaderamente importante: jugar con dos amigas a las que hacía tiempo que no veía. Lo segundo que me sugirió fue que esa “peleílla” sin importancia, aunque efectivamente no la tenía, quizás había durado más de lo debido, pese a que a sus padres y a mí nos había pasado desapercibido, ya que las niñas iban de la sala de estar a su dormitorio, mientras nosotros permanecíamos con los dos pequeñines en la sala de estar, lo que conllevaba que había períodos de tiempo en los que no éramos espectadores de cómo interactuaban entre sí y pensábamos que andaban jugando cuando probablemente estaban discutiendo.

Al día siguiente, cuando le contaba lo sucedido a su abuela explicó, además, que ella quería jugar con la pequeñina y con su hermano, y que la hermana mediana la cogía del brazo para llevarla a su cuarto a jugar. Ante esta nueva información le dije que la hermana mediana tenía muchas ganas de jugar con ella  y que si no le había propuesto que jugasen con los pequeñines. Mi hija me dijo que no.  Le hice ver que los demás no pueden saber qué es lo que queremos si nosotros no se lo decimos, y que su amiguita (la hermana mediana) no era adivina y no podía saber que ella prefería quedarse en la sala de estar para hacerle monerías a los más chiquitines a ir a jugar al cuarto.

Y esto es algo que ya me suena de otras veces. Precisamente, justo hacía unos días que mi hija se había quejado de que una amiguita del cole cuando jugaban a las familias y mi hija hacía de gatito (le encanta ponerse a maullar) le cogía de los mofletes apretando fuerte mientras decía “¡oh, qué gatito!” y le hacía daño. Yo le pregunté si le había dicho que se lo hiciese más flojo o que no se lo hiciese porque le molestaba y hacía daño y me contestó que no. Le expliqué que probablemente su amiguita no sabía que le estaba haciendo daño y que debía decírselo para que ella lo supiese y lo dejase de hacer.

Así que me he dado cuenta que, aunque en otras situaciones mi hija ha demostrado un comportamiento asertivo, sin embargo, en vivencias como las descritas y otras similares con otros niños en las que ha tenido que expresar lo que quiere hacer o lo que no quiere que le hagan ha salido a la luz una carencia importante que será necesario trabajar. Espero poder contaros pronto los progresos.

Preocupación infantil por la muerte

Una mañana de vacaciones, siendo muy pequeña, me levanté y acudí a la cama de mis padres y le dije, muy seria, a mi padre que quería hablar con él. Mi padre, todavía somnoliento, me dijo que por supuesto, que qué quería. Entonces, ni corta ni perezosa, sin más preámbulos, le espeté: “Papá, cuando se murieron tus padres, ¿qué hiciste?”. Vaya una frasecita para escuchar según uno se despierta. Mi padre me explicó que cuando murieron sus padres, aunque era muy joven, ya era mayor y que ni muchísimo menos era un niño. Supongo, porque ya no lo recuerdo bien, que me preguntaría que por qué le planteaba tal cuestión, que si había algo que me preocupase y que me diría que nunca iba a estar sola y que tenía más familia en el caso de que le pasase algo a mi madre y a él siendo yo todavía pequeña.

Aunque mis padres ya fallecieron, siempre he querido que mi hija supiese de ellos y le explicaba que tenía cuatro abuelitos, dos que ella conocía (los padres de su papá), a los que adora y, afortunadamente, ve cada semana, y dos en el cielo (mis padres), y le decía sus nombres. En alguna ocasión, le hice algún comentario del tipo ” a la abuelita se le daba muy bien esto” o “cómo le gustaba esto al abuelito” Quería que fuesen cercanos para ella, pero de una forma sana. Nunca incidí mucho en la cuestión precisamente por si le podía provocar algún tipo de preocupación.

El caso es que mi hija tuvo hace poco una temporada en la que se mostraba muy preocupada con la muerte. Tenía entonces cuatro años, y me hacía muchas preguntas y se mostraba inquieta con la posibilidad de la muerte de su padre y mía, así como, incluso, la suya propia. Me sentí culpable pensando si mi interés en acercarle la figura de sus abuelos maternos había influido en esta preocupación que yo consideraba tan impropia de su edad como innecesaria, y que me había precipitado hablándole de ellos, en vez de esperar a que fuese un poco más mayor.

Hasta hace relativamente poco tiempo, la muerte se veía como un proceso natural, lo que no quita para que los que se quedaban echasen mucho en falta al que ya falleció y les embargase una gran pena por no poder compartir más vivencias  en la tierra con esa persona querida, pero creo que ahora nuestra sociedad tiene la muerte como un tema tabú, y me parece que no es sano, ya que en muchas ocasiones no sabemos bien cómo afrontarla, porque vivimos de espaldas a ella y porque no nos hemos preparado mentalmente para tal circunstancia, pese a que sabemos que es un hecho inexorable que nos sucederá a todos antes o después. Pero claro, todo esto lo digo pensando en los adultos, pero cómo explicárselo a un niño.

Un día que le estaba probando ropa a mi hija para ver cuál le seguía valiendo y cuál se le había quedado pequeña, tras probarle algo que ya no le valía le comenté que se estaba haciendo mayor. Hasta ese momento, un comentario de ese tipo le hubiese hecho sentirse orgullosa, porque a su edad a todos nos gusta hacernos mayores. Pero, en esta ocasión, se quedó compungida, y cuando le pregunté por qué se sentía así me contestó que no quería hacerse mayor para no morirse, que ella no se quería morir nunca. Le expliqué que crecer era algo natural y que era bueno, que ella todavía tenía que crecer mucho. Traté de hacerle ver que la muerte también era algo natural.

Como soy creyente le expliqué también que su alma no iba a dejar de existir y que como ella era buena, cuando dentro de mucho tiempo se muriese, iría al cielo. Ella me insistía en que no quería morirse y yo le dije que le entendía porque se estaba muy bien en la tierra y que además ella se lo pasaba muy bien y estaba muy a gusto, pero que en el cielo también estaría bien, que no iba a estar sola y que estaría con Jesusito y con nosotros y, sobre todo, le insistí que no se tenía que preocupar por la muerte.

Hasta aquí, le conté la realidad, más o menos, y adaptado a su edad, tal cual es, pero como sus preguntas y preocupación continuaban, terminé edulcorándole la cuestión. Le dije que faltaba mucho tiempo para que nos muriésemos, cuando en realidad, eso es algo que nunca sabemos cuando va a suceder, ya que puede ser mañana mismo o dentro de muchísimos años. Aunque edulcorarle la realidad no creo que sea, ni muchísimo menos, lo más correcto, peor me pareció la preocupación y angustia que le estaba generando el pensar que su vida podía cambiar en cualquier momento, sin previo aviso, porque un ser querido o, incluso, ella misma, se muriese. No me pareció sano para una niña de cuatro años. No sé lo que pensaréis, pero a mí suavizarle la explicación me pareció lo más correcto en ese momento. Creo que tiempo habrá para que no vea la muerte como un tabú y la tome como lo que es, algo natural, pero sin generarle una angustia como la que estaba viviendo.

Pese a que a mí me parece que era muy pequeña para andar con tales preocupaciones, un día el tema salió en la conversación con unos cuantos padres del colegio y varios de ellos me comentaron que sus hijas – en este caso se trataba también de niñas – habían mostrado también mucha preocupación con la muerte.

Finalmente, a mi hija hace tiempo que ya no se le ve preocupada con esta cuestión, y eso es algo que me alivia… al menos hasta la próxima…