El estigma de los hijos únicos. Apuntes sobre mis recuerdos de infancia.

Recuerdo que cuando era pequeña y algún adulto se enteraba, hablando con mi madre, de que yo era hija única, el comentario que seguía, inexorablemente, como si se tratase de un resorte, era: “uy, hija única, qué mimada estará…” Aquello me hería en lo más profundo, aunque yo resistía estoicamente, sin rechistar. No comprendía por qué únicamente por el hecho de ser hija única se infería que necesariamente fuese una niña mimada. La verdad es que mi madre, sin dar mucha importancia al asunto y con su dulzura y simpatía habitual, salía siempre en mi defensa ante la mirada, muchas veces incrédula, de su interlocutor.

Claro está que nos estamos refiriendo a “mimada” en el sentido peyorativo del término, el de mal acostumbrada, caprichosa o, incluso, mal criada. En ese sentido, nunca fui una niña mimada, y de ahí el que me molestase tanto que me tachasen de algo así sin conocerme. En el otro sentido, en el bueno, en el de demostraciones de ternura y cariño, sí fui una niña mimada, tanto por mi padre como por mi madre, e igualmente yo les correspondía a ellos. Tanto es así que, como yo era muy de “besitos y abracitos”, mi madre me decía a veces de broma, mientras se regocijaba de mis cariños, que era como una “lapa”, porque no me despegaba.

Es verdad que por aquel entonces – ya cuento con cuarenta primaveras – lo habitual era tener varios hijos, y entiendo también que es más fácil mimar – de ahora en adelante en esta entrada utilizaré el término de manera peyorativa – a un hijo cuando este es único que cuando tiene que compartir el cariño y la atención de sus padres con otros hermanos. Pero pese a que pueda existir esa propensión de los progenitores a malcriar en el caso de los hijos únicos – porque, no lo olvidemos, los que malcrían son los padres -, considero que se trata más del tipo de educación que se decide dar  que del hecho de que se tenga uno o más hijos. En fin, si me lee algún hijo único de mi “quinta” seguro que ha escuchado cuando era pequeño la dichosa frasecita más de una vez… Hoy la frase ya no se oye, y creo que no es tanto porque nos hayamos dado cuenta que se puede educar bien a los hijos, sean únicos o no, y que, así mismo se puede malcriar a los hijos con independencia de que sean solos o no, sino porque, lamentablemente, la vida que se lleva hoy en día no favorece  el tener varios hijos y la tasa de hijos únicos se ha incrementado.

En lo que se refiere a los famosos “caprichos” nunca fui una niña caprichosa. De hecho, creo que otros amigos que tenían hermanos insistían más en que les comprasen tal o cual cosa que yo. Yo no insistía. Por supuesto, no pretendo hacer de esto una confrontación, en el sentido de que el debate se centre en quienes son más caprichosos, los hijos únicos o los que tienen hermanos. No es eso. Tal cosa no tendría sentido. Como siempre, habrá que acudir al caso concreto. Es posible, por lo que ya hemos comentado antes, que los padres de los hijos únicos sean más propensos a dar caprichos a sus hijos que los que son padres de dos o más hijos, pero ese no era mi caso. Y por eso me molestaba que aquellos desconocidos, sin saber si de verdad era o no una niña caprichosa, solo por ser hija única, ya me tildasen como tal.

Creo que siempre me ayudó el que mi madre, desde pequeña, trataba de explicarme el motivo de sus decisiones. Así, por ejemplo, si le pedía algún juguete y mi madre, en esa ocasión, consideraba que no debía de comprármelo, me explicaba siempre con argumentos adaptados a mi edad, que no se podía comprar todo lo que nos gustaba porque si comprásemos todo nos quedaríamos sin dinero y, además, nos quedaríamos también sin espacio en casa. Y yo me quedaba conforme y no insistía más.

En lo único que se puede decir que he sido “caprichosa” ha sido en las comidas, porque había muchas cosas que no me gustaban y si estaba fuera de casa me las comía sin protestar por educación, pero en casa, ya se sabe, donde hay confianza… así que a mis padres les ponía pegas para tomar aquellos alimentos que no me gustaban. En cualquier caso, y desde mi punto de vista, que esto de hablar de uno mismo tratando de ser objetivo resulta a veces complicado, creo que no era por ser “caprichosa” sino, simplemente, porque hay niños más o menos problemáticos con la comida y yo, en eso, di un poco de trabajo… Mis primos siempre me lo recuerdan, y como tienen tan metido en su memoria que de pequeña no me gustaba la verdura, cuando de adulta me ven tomar alguna de las verduras que antes no me gustaban se quedan sorprendidos, pero es que a veces, en determinados aspectos, se mejora con el tiempo…

Siempre deseé tener hermanos. Todavía conservo una carta escrita a mi padre cuando era bien pequeña en la que, entre otras cosas, le comunicaba que quería tener un bebé hermanito y un bebé hermanita. El caso es que esos hermanitos que anhelaba no llegaron y, pese a que siempre mantuve una excelente relación con mis padres y fui muy feliz como hija única, creo que me he perdido muchas experiencias inolvidables al carecer de hermanos.

Esa carencia la suplí con  mis primos y con mis amigos. Todo lo que vivimos en esta vida nos influye y creo que ser hija única me predispuso de una manera especial para valorar la familia y la amistad. Que nadie me entienda mal, no digo que se tenga que ser hijo único para valorar en toda su plenitud a familia y amigos, digo que, en mi caso concreto, creo que me predispuso de una manera especial, pese a que pienso que les  hubiese querido y valorado igualmente de haber tenido hermanos…

Sobre la Navidad actual

 

 

Para cualquiera de nuestros niños, las fechas en las que se celebra la Navidad son una de las mejores épocas del año. La verdad es que yo recuerdo las de mi infancia con tanto cariño… solo pensar en ellas me trae a la memoria tan bellos recuerdos plagados de devoción, alegría, ilusión, cánticos, buenos deseos y tantos momentos compartidos con la familia… Nunca se puede generalizar, pero tengo la impresión de que los niños de ahora viven la Navidad de una forma distinta a como la vivíamos nosotros. Es verdad que todos esperábamos como agua de mayo el día de Reyes – creo que eso es algo intemporal – porque constituye una ilusión muy grande y porque a todos nos gusta los juguetes y regalos. Pero hoy, en muchas ocasiones parece que la Navidad consiste únicamente en eso. Si esto es así, implicaría que no les hemos sabido transmitir su profundo sentido o que quizás, como adultos, tampoco estemos viviéndola de la forma correcta, y eso es algo que siempre les repercute, ya que somos el espejo donde ellos miran para saber cómo actuar.

No voy a descubrir América si afirmo que, dejando a un lado las excepciones, que siempre las hay, lo que prima hoy en día es una celebración consumista en la que, además, en muchos casos, se ha dejado al Homenajeado por el camino. Cuando esto se produce, la Navidad queda desvirtuada, vacía de todo contenido y esencia. Se queda en unas vacaciones de invierno en las que se hacen muchos regalos, y se aprovecha para reunirse con familiares y amigos en torno a una mesa en la que se degustan platos especiales. No seré yo quien no aproveche cualquier oportunidad para reunirme con la familia y disfrutar de su compañía. Pero la Navidad, cristianamente hablando, aunque es eso, es también mucho más. Es una fiesta familiar, sí, pero no solo por la entrañable tradición de disfrutarla en familia, sino porque  tiene su origen en la Sagrada Familia, y lo que se celebra es el nacimiento del Niño Jesús.

Respeto, por supuesto, a aquellos que no creen y que o bien quieren disfrutar de estas fechas para un descanso o bien, como los colegios cierran y los niños están de vacaciones, no les queda otra que disfrutar esas mini vacaciones en estas fechas. Pero, no obstante, me da mucha pena que entre los que sí creen o creyeron alguna vez parezca que se celebra una fiesta cualquiera y no algo que considero que es tan importante.

Dejando a un lado la pena que me da el vaciamiento de contenido religioso de una fiesta cuyo origen es religioso, no me voy a centrar en este aspecto, porque hay otras voces, mucho más cualificadas  que la mía que, a buen seguro, sabrían explicar este fenómeno, lo que conlleva, así como la solución para devolverle su esencia.

Pero creo que estos días previos a Navidad me he llevado, como muchas otras personas, una sorpresa muy agradable con una publicidad de IKEA. Se trata de la retransmisión de un “experimento” y un “anuncio”. El experimento nos demuestra que nuestros niños, a los que les gusta mucho los juguetes, les gusta aún más disfrutar de nuestra compañía y que si tienen que elegir entre un juguete o estar con sus padres, eligen disfrutar de la compañía de sus padres. Aunque seguro que a estas alturas habéis visto ya el experimento, no he podido resistirme a traer aquí el enlace:

El anuncio tampoco tiene desperdicio. Me encanta la cara que pone el niño como contestación al “ay pobre” que dice la señora, no dándose cuenta que el niño  no necesita más porque el regalo le ha servido para vivir una experiencia inolvidable con su familia, mientras que parece que ella únicamente esta contenta por llevar las manos abarrotadas de bolsas . Este anuncio pone el punto sobre las íes al consumismo desmedido.

Mi enhorabuena a los creadores. Solo tengo una objeción como crítica constructiva y es el eslogan: “La Navidad nos desamuebla la cabeza. Nada como el hogar para volvérnosla a amueblar”. Aunque entiendo perfectamente lo que han querido decir y además tienen razón, no me gusta que afirmen que la Navidad nos desamuebla la cabeza. No, la Navidad no, la verdadera Navidad no, otra cosa es la navidad consumista y vacía que hemos creado. Nada mejor que el hogar, como bien dicen, para solucionarlo. Totalmente de acuerdo.

Os deseo a todos que viváis unas verdaderas Navidades, muy, muy felices. Mis mejores deseos también para el nuevo año.